[10] José BARROETA

 José Barroeta

 

 EL SABOR PARA JOSÉ BARROETA

 

         Marchamos entre la confusión, no entendemos si saboreamos para ganarle una partida a la muerte o para celebrar el gusto, el olor, el tacto de las cosas. El sabor puede ser una oda o una elegía, el paso inquieto por la libertad que determina hasta dónde nos gusta o no la tierra, hasta dónde somos capaces de probarla, de confundirnos con ella hasta el día del juicio o hasta la media-tarde del polvo enamorado.

 

 

Nosotros, los de allá -como decía mi padre-, empezamos comiendo tierra mojada y plantas. Abrimos también la boca para conocer el sabor del viento, del agua de lluvia y de la humedad de los escombros. Olíamos y comíamos sabor. Nos hartábamos de naturaleza. De muchacho, comí mucho polvo de piedra, de tinajeros y polveras. Comí granos crudos y lila; probé el olor y la carne de los bachacos y las abejas muertas. Yo como flores, me chupo el néctar de las flores.

 

 


 

A veces, cuando voy caminando, meto la mano en un jardín y robo florecitas que saben a rocío azucarado.

 

 

Saboreo puertas y papeles. Me gusta el sabor del papel y siento que me estoy tragando un pedazo de poema que nunca terminé. El sabor de la mujer es igual al de uno cuando está solo y se muerde los brazos. Es un sabor de melancolía, de enervamientos y presente. El sabor de la mujer es perdurable como el de la crecida de los ríos en el recuerdo. El sabor de la poesía es el de la mujer y el hombre, es de mordisco, de cordón umbilical y muerte.

 

El peor de los sabores es el del poder, termina extinguiendo los grandes sabores de la tierra o se da como susto a la entrega espontánea. Porque el sabor responde a una entrega total a la naturaleza, a esa diosa que nos muestra sabores triunfantes y carroña.

 Yo he sido desmesurado saboreando. Conozco un vasto campo íntimo que saboreo y en el que me oriento. He saboreado alcoholes consagrados y herejes, he marchado detrás de hendijas por el puro placer de saborear. He puesto mi lengua sobre lo prohibido y he permanecido allí largo tiempo.

 

 

Reconozco que muchas veces metí la lengua donde debía y me sacaron a patadas, me abandonaron por sabores distintos a los míos. Podría decir más, pero comprendo que el sabor es un sentido que a cada poeta le toca su viernes.

 

 

 

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