[09] Francisco HUNG

Francisco Hung

 

MATERIA FLOTANTE DEL ALMA

Francisco Hung tomó el espacio y la reflexión del silencio. Su diálogo creció en la lejanía, en la cosmogonía de su universo, con los signos, las circunstancias gestuales. Creó una obra cargada de propuestas y poéticas espaciales, con una  fuerza sorprendente y visionaria. Desde las Materias Flotantes hasta las señales y las fragancias que se esconden en las profundas selvas del violoncelista, en el cuerpo desnudo de las ansiedades, en los trazos, en las materias, en el infinito, Francisco Hung es un estallido de color, de colores en medio de controversiales caligrafías que abren el camino vacío del espacio, líneas de colores fuertes, de cubos y de triángulos formando un estallido pictórico, unas composiciones semejantes a las escrituras en el cosmos que sólo los videntes o los iniciados pueden captar. El espacio se mueve, la luz se mueve, los movimientos de las zonas emocionales, de las zonas ocultas del ser.

 

En este poeta del espacio, los colores pueden ir desde el más suave pastel al más oscuro azul, al más profundo rojo, o al más negro de la soledad, del gesto intuitivo que se dimensionó, día a día, en su conciencia lírica, identificada con sus raíces y ancestros orientales. En él hay además esa manifestación de luz que embriaga nuestro trópico. Hung es una mezcla de poéticas profundas, es una sensibilidad considerable en cada movimiento de su mano y de su mente. Estas conjunciones de opuestas culturas tienen un hilo comunicador capaz de crear desde el mundo taoísta la dinámica sensible para el mundo occidental. Es un diálogo de abstracciones pictóricas, es una ventana, una estética totalmente contentiva en lo que está en él: más lejos, más oculto, más sensible para crear en las telas un universo vivo, dinámica y materia cromática.

 

 

Se origina también el Hung retratista, los autorretratos y su entorno de sensaciones visuales le produce una dibujistica emocional de los objetos, de los seres familiares y de la parodia que en la captación logra con un solo movimiento de la brocha gorda. Gestos.

El alma vuela en las materias flotantes. Voló al cielo, a las grandes profundidades, voló a una cosmogonía acentuada en el infinito múltiple de espacios tumultuosos, escritura recipiente de esas imágenes, de esa escritura ideográfica que vemos cuando soñamos el Oriente. En Hung, se engendró un pincel que serpentea los senderos de un paisaje: tierra–cielo, mostrados en la plenitud del vacío, en la contemplación profunda del ritmo en el universo, de la claridad del sol.

 

Su poética se concentró en el insondable entendimiento del gesto. Su evocación es el inmenso espejo del silencio, la armonía de la noche naciente y de las formas de la creación. Él, Hung, en sí mismo, era un creador de virtudes, de cielos inmensos, de huellas y montañas. Allí, ninguna primavera, ningún verano o invierno, ninguno de sus senderos dejaba a un lado la Naturaleza.

Infinito, vidrio, ruptura: se rompió la botella celestial y de la colina baja el agua impregnada de lotos. El sol da vueltas como el viento en la inmensidad de la Guajira, del mundo de los Montiel y de Ramón Paz Ipuana, de ahí vienen parte de los ancestros de Hung, los otros de la China,  de grandes universos, del mundo de Confucio y de Lao Tse, donde los hombres meditan y sosiegan, y las aves no vuelan en el cielo, vuelan en el alma, en el decir de Vicente Gerbasi.

Hung fue una reserva llegada del cielo. Confucio lo vio así: “El hombre de corazón se admira ante la montaña; el hombre de espíritu goza del agua”. En estos trazos de la palabra, su vida era el barco-taller creado por Maite, Yuri, Valentina, Alexandre y Hugo.

 

 

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