[07] Carlos Contramaestre

Carlos Contramaestre

 

El Dorso de El Techo de La Ballena

Hacer El Magma

Enrique Hernández-D’Jesús

                                                    a Emiliano

I

29 de Diciembre de 1996

La muerte es un simulacro del acto sexual, como lo manifiesta Salvador Elizondo. Para Carlos Contramaestre la muerte era un eterno retorno a los códigos del mundo interior, era la pensión ardiente en su estilo de vida. La muerte no como transgresión, sino como lenguaje a la pureza, a la iniciación, a las batallas carnales del tiempo O Hacia una isla incierta como llamó a uno de sus últimos libros el poeta Enrique Molina. La noche oscura del alma. El umbral de la muerte.

“La perforopuntura es una operación traumática que consiste en hacer perforaciones en el cuerpo humano.”

Las tribulaciones del amor:

“He resucitado de mis muertes anteriores,

tan amadas

y tan llenas de sombras”.

 

II

Caracas 1962

Diciembre  1996

El arte venezolano explora las densidades de la modernidad estética contemporánea, en la travesía del movimiento que lideralizara Carlos Contramaestre:  El Techo de la Ballena. Un gesto de hace cuatro décadas.

El tiempo asoló los colores de la mañana.  Hizo turbias las certezas, y la ballena continuó como si nada explorando dos abismos inevitables: el amor y la muerte.  Los héroes nos miran soñolientos desde sus pasados clásicos laureles.  Este es un tiempo descoyuntural y Carlos Contramaestre lo supo.  El riesgo no puede ser ni mucho ni poco.  El riesgo es uno sólo y siempre es todo o es nada.

Quizá por eso su muerte, la propia, está su ausencia irreparable  vino acompañada de insólitos signos. Los tubos del hospital entretenían el cuerpo del Gran Magma atado a la agonía (como si fuese la vida) y en su socorro llegó la ballena errática, desandada. Agonizaba junto a su ideador sin que nadie comprendiese su riqueza, su vida espectacular, su codiciadas vísceras.

En la playa Urama, el Litoral Central, a 5 kilómetros de Todasana, encalló una ballena de ocho metros de largo y de 9 toneladas. Los habitantes de la zona la vieron agonizando dos días, al tercer día murió.

“Con la colaboración de  45 personas, vamos a proceder a rodarla con dos grúas y tensores, para ser incinerada, después, nubulizaremos y desodorizaremos la zona” manifestó el doctor Pilonieta y el comandante del cuerpo de Bomberos, explicó que la descomposición y desintegración que sufrió el inmenso animal en el escalón ubicado en la orilla de la playa, facilitó su remoción, pero igualmente aumentó la contaminación de las aguas. Y Berenice Gómez Velásquez, de el diario El Universal pregunta “¿Es una Ballena suicida?” -Se trata de una ballena vieja, son atropelladas por buques, en altamar y quedan sordas, vagando, de manera que quedan dando bandazos hasta que encallan en las playas, donde mueren-.

Otro periodista habló: -La ballena estuvo agonizando y triste varios días-

Esta acción en Todosana fue organizada conjuntamente con la Dirección de Salud, Cuerpo de Bomberos, Policía Metropolitana y la Alcaldía de Vargas, para realizar el control epidemiológico y evitar la contaminación.

“Los melancólicos ayes

los despojos tenebrosos del que sufre

la mala fortuna entre llamas podridas

Duende corrupto

desvarío de los difuntos ebrios

anegados

en la arena honda de los dioses” (Espejo Dormido)

 Acción. La acción painting de la ballena. Fue cremada el 27 de diciembre y la prensa habló de este acontecimiento el 28, día de los inocentes, y Carlos Contramaestre murió al día siguiente. La ballena, evidentemente vino a despedir a Carlos Contramaestre. El Techo de la Ballena se cubrió de ramas marchitas para ser cremado. Ardimos en los secos versos.

El furor del cetáceo, antípoda del sentido cósmico. Creación. Cadáver. Sepulcro. En el mar   creó el impulso silencioso hacia las tinieblas, con una fuerte tendencia de encontrar el espíritu en la eternidad, el caos como espacio. Actuó para vivir en su cuerpo animal. La acción está destinada a desaparecer o a vivir eternamente.

Meciéndose en el ciprés fúnebre, su cremación destruye lo deteriorado, el sentido de la pérdida. La ballena arde en la hoguera. Debajo de este árbol. Ahí, ante la muerte para comprender la vida.

En “El homenaje a la Necrofilia” escribió Salvador Garmendia, “el carro de aseo municipal, especie de mancillado coche fúnebre cargó con las piezas que Carlos había confeccionado a base de vísceras, huesos y sangre de animales domésticos”.

 III

30 de diciembre de 1996

Las coronas del otro

La sombra rosa de un árbol enterró a Carlos. El leve afecto del vecino no quiso que sus coronas lo cubrieran.

Performance organizado por El Gran Magma

¡Yo no quiero el césped!

Acción. Los poetas, pintores, escritores, cineastas, siquiatras, cuñadas, esposa e hijas, deudos y amigos familiares, agarraban de la manera más inocente las coronas del vecino.  El nuevo compañero de Carlos lo habían enterrado a las nueve de la mañana. Las cruces, coronas y ramos de flores quedaron ingenuas, burlonas, casi, ordenaditas sobre la tumba de Carlos, las habíamos dispuesto una a uno, meticulosa, lenta  y amargamente, bajo la mirada indolente del sepulturero que sólo al final nos advirtió:

-Esas no son las flores de su muerto, son las coronas del otro.

Acto seguido, las retiramos. Las devolvimos, una a una. Todas.

Tercer acto. Fuimos a recoger las que eran del  Contramaestre.

 

“La distancia entre los difuntos se hace insalvable

teñidos de cenizas despiertas

en su escucha

Voz silenciosa en el remanso

aniquilada en el áspid del sepulcro ansioso

Cisne triste

envejecido lamiendo inscripciones

en las lápidas de los vivos”

 

IV

30 de diciembre de 1996

El fundador de El Techo de la Ballena desde niño estuvo convulsionado por una pertinaz clarividencia plástica y escritural, se dedicó, en un principio, a sus estudios tradicionales: primaria, secundaria y medicina. Ejerció la profesión de médico deambulando por pueblos y villorios del mundo una década entera.  Once años me corrige María Eugenia.

El día lunes 30 de diciembre, en el diario El Nacional, en la página D-6 POLÍTICA, aparece en la mitad de la página un aviso de la FEDERACIÓN MEDICA VENEZOLANA, al Presidente de la República, Ministro de Sanidad, Fiscal General de la República, Asociación de Gobernadores, Ministro del Trabajo y a la opinión pública en general, donde se manifiesta NO CAE EN DELITO DE NO PRESTAR SOCORRO EL MÉDICO QUE NO SE ENCUENTRA EN SU SITIO DE TRABAJO. LOS MÉDICOS ESTÁN DECLARADOS EN ASAMBLEA PERMANENTE EN LA SEDE DE SUS COLEGIOS Y SECCIÓNALES. Aparecían también siete obituarios, de Alana, de América, de Octavio, de Florencio, de Luis, de Carolina y de Clara. Estos avisos creaban un recuadro en la parte derecha de esta página, en donde aparecía como noticia: Falleció ayer Carlos Contramaestre  se encontró con la muerte.

La muerte no tendrá señorío

 

Carlos Contramaestre

 

Recordando las palabras luctuosas de Quevedo: “Escucha con los ojos”, deseo, en este acto de presentación del libro, hacer un homenaje a algunos poetas fallecidos en los últimos años.

La Colina duerme silenciosamente y un sueño en la quietud de la memoria se nos aproxima al vacío, pero las estrellas mantienen el amor y el destino de nuestros poetas desaparecidos en La Colina, o en La Distante Comarca de Rómulo Aranguibel, sus poemas invisibles inscrito en el espejo del cielo, el abecedario de la desdicha. Allí en La Colina que la denominaba Edgar Lee Master en el Spoon River (¿19145?), líneas de la mano acumulan ala con ala, pluma oscurecida deshojada en el aire donde sueñan dentro de la elegía César David Rincón, como todos estos poetas, cazadores de las Colinas. Y nuestro hermano Efraín Hurtado, azar que sufre en el silencio, oculto de los dioses, el vacío puro en estado, solo puede alcanzarlo cuando lo percibe primero en su corazón. Y la canción rebelde de Victor Valera Mora, se abisma en el estallido y la voz de la mujer profanada y aún siente el temblor del carburo alumbrado, los ojos ciegos, la nada del naufrago y el instinto de las sabias alcohólicas ramificadas en el duelo de los amores.

Los poetas de nuestro país amado que viven en La Torre, en La Colina de los muertos, cada palabra siempre está precedida y prolongada por el espíritu. Ellos están vivos en la memoria. Que tiene interés por este vacío si, se trata de un espacio fuerte, tenso. Miyó Vestrini en su amargos destila amor a cántaros, compite con el licor nihilista de los escépticos. Miyó retorna. El ensueño borroso, quebranta el dolor de los fantasmas de la memoria estremecida. En La Colina se revuelven esos sueños y nada sufren. José Lira Sosa y su Fiat Lux y los Enseres y Atavíos, y Vicios Ceremoniales, en su nostalgia de Breton entre su humor y los huesos indisciplinados en el Mar de Margarita, tropezó con la noche profunda y procuró que el verdadero vacío esté plenamente habitado y que lo llene:

“Por mis ojos que no eran capaces de ver

de tanto querer ver que me cegaba

escucha no te vayas del poema que

te escribo ahora.”

Y si en La Colina, el viento sólo vino a viajar, en realidad es El Solitario Viento de las Hojas de Vicente Gerbasi, el cielo cimbrante, el imán de la tierra, oscuro en la orilla de los Caballos, su memoria se prolonga en el Tiempo, yo vi el león de los abismos. Por la noche me hundía en la ansiedad de los astros. En el pequeño cementerio donde callas Vicente Gerbasi guardó para siempre, un solitario atardecer de mariposas. Todo parece distante, pero lo puedes tocar con el puño de infinito, con tus ojos ocultos de siempre, las cuencas del amor. Vicente en el fondo de las edades mira a la muerte, la esposa Consuelo deja el vacío atávico, el vacío de las cosas abandonadas. En La Colina, en el Diamante Fúnebre, decía Vicente: Se abre el amanecer. Sólo tengo en el mundo UNA COLINA. Hay abejas en las flores y en Canoabo.

En La Colina, allá en Los Poderes de Dámaso Ogaz y el prólogo de otro fantasma, Efraín Hurtado decían: “Todas las cosas son lo que no piensan de ellas” Metrodoro de Kío. Y bajo los epitafios o los mitos de Jarry decía La Colina, Dámaso Ogaz lo siguiente:

“LA MUERTE se sienta primero como se van los dedos de los pies; luego los pies, célula tras célula. Después las piernas: las células desaparecen revoloteando. El cuello ahora, la mandíbula inferior. Los dientes. Que raro será sentir como se mueren los dientes uno tras otro. Sobre todo cuando es el dentista el único que sabe este secreto.

LA MUERTE tiene la forma de un tubo estrecho por donde, no obstante, puede circular un huevo, pero si se introduce la pata de un conejo el hecho parecerá tan incleíble que todas las facultades de Medicina del mundo lo discutirán enérgicamente.

EL ALMA por su tubo oxidado salía humo. EL CORAZÓN: una forma de tragar en falso. LA FAMILIA ha aprendido el arte de comer y tragar sin interrumpir la conversación.” Efraín Hurtado dice sobre Ogaz: “Designio magistral de como Dámaso Ogaz ofrece los mejores materiales fecales del festín silenciosa que capta en la reyerta de multitudes ciegas que caen pulverizadas bajo un cielo ejecutorio de muerte.”

El arte de la geomancia y la necromancia encuentro la risa de Orlando Araujo y bajo la luz ósea dentro del campo magnético de la ginebra y en La Colina entre las ruinas y la Caña de la Muerte y sus mujeres, la ilusión del porvenir en la eternidad la sutileza de los sombreros de la locura, destilan melancolías, la quietud del cielo, labra los ángeles ebrios, arte de la memoria. Barinas, con olor a tabaco y las aguas de los ríos y las nubes del Pie de Monte.

En LA COLINA, en la fábula, reaparece Laurencio Sánchez Palomares, casamentos como celador de conejos, convocan a la muerte.

Allí donde cayó, miel del mundo. Si abejas, ni flores… partías hacia todos los relámpagos. Un postigo de mármol bajo la lluvia. Y a sombrearse bajo las colinas. Derribando a esa hora. Cuando las ánimas, a tu casa de Escuque, con su hermano y paisano Ramón Palomares, junto a los animales mansos entre las nubes, beben agua en tinajas oscuras. Arboles fríos donde la copa de un Dios.

Y LA COLINA, se incendia, los bonzos ayudan a Atilio Storey Richardson, transformado en la iluminación y las revelaciones de la noche en pleno del Apocalipsis. También el poeta Alí Lameda, se agita en Barco Ebrio su alma angustiada y transformada. Vive en mi, Ludovico Silva, en la colina distante, siempre prefería el infierno que, en los cielos, perdido en las profundidades de Platón con la inasible Eurídice. Cómo no, está presente el poeta Ramón Sosa Montes de Oca, cuya su linaje se desboca en el Tránsito de llamas, como San Juan de la Cruz dijo:

“Cuando mi Dios, del fuego

de vuestro dulce amor será encendido”

 

Y Javier Villafañe, el dios de los titiriteros y la trashumancia de sus poemas que levitan a los santos terrestres, a las brujas y los demonios, que nos esperan. Esos poetas venezolanos que moran en LA COLINA, entre nosotros viven y continúan los adagios, las elegías y las endechas para acrecentar la memoria. La muerte, como constancia permanente en el centro para vivir y transmutarla en amor amor dentro del cosmos. Amor y muerte es el encuentro con la alquimia y la piedra filosofal, como gran posibilidad de la trascendencia espiritual.

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