La voz narrativa de Alegres provincias, de Ramón Palomares [71]

 La voz narrativa de Alegres provincias, de Ramón Palomares

David Cortés Cabán

 

Ramón Palomares  David Cortés Cabán

 

Alegres provincias (1988), es un libro de una singular belleza que nos impresiona por la creación de un paisaje casi paradisiaco que nace, en cierto modo, de la experiencia del autor con Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente[1] y de sus lecturas de las crónicas del Nuevo Mundo. Pero más particularmente este libro responde a la profunda intuición del poeta para abismarse, inconscientemente, en zonas donde la palabra encarna una visión virginal del paisaje y la naturaleza venezolana; y, en otro sentido, para validar también una respuesta de la admiración[2] del poeta Ramón Palomares hacia el gran sabio y naturalista alemán Alejandro de Humboldt.

El tema del libro gira en torno a la imagen deslumbrante de una naturaleza cuyo esplendor irradia un sentimiento misterioso y profundo sobre un relator que se desdobla en la persona de Humboldt. Desde el punto de vista de la confección, el texto se sustenta sobre una estructura fragmentaria que ordena el movimiento y la secuencia de la narración. En este sentido el relator se convierte en un elemento más del paisaje y se coloca en el centro mismo de una naturaleza en la que el lenguaje poético trasciende lo real para proyectar una visión matizada por un sentido mágico del mundo. Partiendo de este contexto, la misma estructura del libro [3] permite desplazarnos por un escenario dominado por el esplendor y el hallazgo. Porque hay que afirmar que la naturaleza de Alegres provincias es una naturaleza viva, con sus propios elementos y rasgos vitales, y para apreciarla en toda su grandeza hay que dejarse guiar por la voz [4]  de un relator que parece evocar en la naturaleza una imagen de su destino:

Cantaré húmedo de flores llenándome de tierra nueva y

lavando mi alma en pueblos mestizos.

Me negaba a aceptar que el mundo tuviera tales árboles,

que el cielo detuviera todo el tiempo esa luz de permanente mediodía.

Y me empeñaba en convencerme de que todo no era

más que una fábula, otra fe que me seguía para decirme.

—Alégrate, has nacido de nuevo…

Y parecía entender que en adelante dondequiera llegase,

desde mí, alrededor de mí, alguien, algo diría:

—Bienvenido a casa, estás en casa, has llegado a casa.   (p. 209)

Al describir la realidad de las cosas que se presentan a su paso, el relator no puede evitar dejarse traspasar por la luz de un paisaje que le provoca una sensación de placer y de asombro. Ahora bien, ¿quién es y en qué planos situamos al relator en el ámbito del texto? Para lograr una respuesta que nos satisfaga hay que ahondar en el entramado del que parten los planos narrativos, de su armonía y coherencia. En Alegres provincias la imagen del relator se proyecta desde distintos ángulos. Lo percibimos como un narrador omnisciente transfigurado en la persona de Humboldt. Y, en otras ocasiones, lo sentimos distanciándose de los acontecimientos del relato para desdoblarse en una tercera persona gramatical. Es así como se establecen los nexos y coordenadas que orientan el sentido de la narración[5]. Ya desde el inicio de Alegres provincias nos situamos ante la presencia del relator. Esta voz narrativa (que identificamos también con el poeta) guía al lector en la travesía de ese viaje:

Un pequeño barco viaja hacia América. Entre todos los

barcos grandes y pequeños este barco lleva un Dragón. El

Dragón se pasea por la cubierta entre los peces voladores:

con un termómetro de plata sondea la fiebre marina, con

sus largos ojos de serpiente trabaja la noche. El soñador,

el Dragón va en busca del mundo. Es un pequeño barco

en viaje hacia América pero sólo él entre todos lleva un

Dragón. [6]  (p. 207)

 

 

Esta voz nos introduce el personaje inicial: un “Dragón” que en el plano connotativo del lenguaje encierra una alegoría de Humboldt y, en cierto modo, la imagen del poeta Ramón Palomares y de su protagonismo a través del texto. El escenario que se presenta ante el lector es un cuadro inmensurable de la América hispana, pero más concretamente del territorio venezolano: su formación geográfica, la belleza de la naturaleza, sus selvas y sus ríos, la variedad de su clima, y los sorprendentes matices de su flora y fauna se transforman en una hermosa imagen del universo. Todo lo que el relator contempla a su paso abundará en descripciones que van descubriéndonos y exaltando la belleza del paisaje. Desde la primera oración del texto (“Un pequeño barco viaja hacia América”), se nos revela el destino del viajero; y en la última del cuarto párrafo (“Yo el Dragón partiré al encuentro del mundo”)[7], se sugiere el propósito del viaje. Es decir, este viaje muestra el encuentro del narrador con un Nuevo Mundo transfigurado en las particularidades del lenguaje poético. En ese lenguaje el relator [8] nos transfiere sus impresiones y una emoción que se acrecienta a medida que va experimentando la belleza del paisaje:

Y me esperan allí todos sus ríos, todas sus piedras, todos sus halcones.

[…]

Me encontraba hambriento de un espacio donde extenderme

y apenas llegado a estas tierras el mundo se hizo cristalino y abrió su capullo.

Mi juventud había prendido su astro y era ya el cuervo

joven, curioso y sombrío. (p. 208)

 

[…]

Cantaré húmedo de flores llenándome de tierra nueva y lavando mi alma

en pueblos mestizos.

Me negaba a aceptar que el mundo tuviera tales árboles, que el cielo

tuviera todo el tiempo esa luz de permanente mediodía.

Y me empeñaba en convencerme de que todo no era más que una fábula, otra

fe que me seguía para decirme.

—Alégrate, has nacido de nuevo…

Y parecía entender que en adelante dondequiera llegase, desde mí, alrededor

de mí, alguien, algo diría:

—Bienvenido a casa, estás en casa, has llegado a casa. (p. 209)[9]

La naturaleza y toda la creación proyectan la imagen de un mundo nuevo y deslumbrante ante la mirada del relator. El paisaje se convierte en un lenguaje que le señala el camino de regreso: “Bienvenido a casa, estás en casa, has llegado a casa.” El regreso a esta casa cristaliza una metáfora representativa de la tierra venezolana. En la dimensión poética de esa naturaleza el relator encuentra una imagen que traza el verdadero sentido de su vida. Es decir, un sentido que va más allá de la realidad inaccesible que impregna, desde el punto de vista estético, un mundo condicionado por la fantasía creadora del poeta, un mundo que refleja también las emociones y el recuerdo de sus lecturas:

[…]

Ciertos libros de viaje imprimieron en mí este amor por la

tierra y el ensueño de su vasto hogar.

 

¿Pero fue acaso en Gotinga, luego del tiempo inglés

cuando se despertara mi pasión botánica…?

¿Fue allí donde aprendí sobre las plantas milagrosas…?

Y las amorosas familias vegetales que se saludan de costa

a costa desde Malabar hasta Racife…   (p. 210)

 

Humboldt no se presenta aquí como un ser real o un personaje concreto, sino como una voz sobre la que gravita el relato. Es esta misma voz, sin embargo, la que justifica también la presencia del poeta Ramón Palomares desdoblado en la imagen de Humboldt. Ambos se interrelacionan, se funden y desplazan en la superficie del texto. Pero no es que el autor de Alegres provincias haya creado un personaje literario con las características físicas y psicológicas de Alejandro de Humboldt, sino una imagen poética que transparenta la pasión que éste sintiera hacia la naturaleza y la gente con quienes  compartió su vida en su recorrido por estas provincias venezolanas[10] y otros territorios del Nuevo Continente americano.

En el texto Alejandro de Humboldt nos comunica sus experiencias desde el punto de vista del relator Palomares. Es en este sentido que destacamos la voz del poeta proyectado en la figura de Humboldt, compartiendo y asumiendo también su posición de protagonista  relator.

[…]

La ciudad sombreaba una pendiente / el sol se abrigaba

de luz pálida / y rojizas volutas / alentaban su porfía

                           Mujeres de larga cabellera, como mi madre / se peinaban

a lo lejos. 

Me encuentro en un extraño palco / en un teatro improvisado

                    —“Un teatro donde el firmamento es la metáfora”/   (p. 218)

 

El relator se ubica aquí en una perspectiva más distante de la que se colocaría la primera persona narrativa. Se ha pasado de un  tono personal a una visión más objetiva, pero no por eso menos intuitiva del entorno. En esta voz descubrimos la presencia invisible del poeta Palomares; una voz impregnada de la misma ternura y fidelidad a los territorios y paisajes que evocara Humboldt en Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente y en sus Cartas Americanas.

Recordé con nostalgia una ciudad pequeña separada del

mar por una montaña. Yo mismo descendía el tortuoso

camino a lomo de mula y acompañado de unos desconocidos.

La caravana transitaba sobre piedras, arriba de casas y haciendas

en desorden  y a la vista de riachuelos ásperos y salvajes.

En cierta altura  opresiva, frente a una iglesia, me instalaría cómodo,

ordenando  mis delicados instrumentos. (p. 219)

 

Todo el contenido del pasaje evoca un sentimiento de ternura que intensifica la visión y la actitud del relator hacia la naturaleza. Veamos:

[…]

Me extasiaba en la contemplación de aquellos edificios pálidos, altos de demasía

y las casas levantadas muy por encima de las calles abrían a mis ojos grandes

ramos de hibiscos. Estuve largas horas en la umbría de boscajes siniestros que

amparaban el secreto de alguna corriente, herborizando esas especies alocadas

en la furia de sus largos estambres, en sus tirsos de cuatrocientas purpurinas. Y llegada

la noche, frente a una mesa agobiada de ramas, distendía en el papel ceroso la magia

de aquellos cuerpos vegetales, y horas más tarde en la madrugada, cuando  soplaba

aquel frío recogido y molesto me hundía en la coloración de mi vasta pintura como

en medio de un gran jade volcánico y el firmamento y las deslumbrantes divagaciones

celestes reasumían mi vigilia (Cómo no echar de menos las constelaciones australes—

radiantes, misteriosas—“Y tan espléndidas como nuestro Orión”). Y me veía inclinado

sobre un espacio inmenso perfeccionando un mapa fantástico, exquisitamente precioso,

usando de compás una espada blanca que orillaba el alba y el atardecer… (pp. 219-220)

Estos pasajes están construidos desde el punto de vista narrativo de la primera persona gramatical. El yo lírico del poeta representa aquí a Humboldt. El énfasis recae sobre la realidad que describe. Por el tono y el contenido imaginamos al sujeto que habla y su reacción frente al paisaje. Hay pasajes, sin embargo, que añaden otras experiencias del relator a la estructura de la narración. Esto lo comprobamos, y se acentúa más claramente, en los fragmentos de cartas que aparecen al pie de página como distanciados del hilo conductor del texto:

¿Es cierto o lo he soñado? Me parece saber que pintó Ud.

una ciudad del cielo oscuro, una ciudad donde Usted mismo va

de  un lado a otro en sombras, luces, a relámpagos…

(Carta de María Eleonora Godefroid – 1812)                      ( p. 217)

 

Otro fragmento de carta:

 

Mi señora, mi amiga

Dichosa usted que tiene en su cerebro esas leyendas de fulgor,

que esconde en lo profundo de sus ojos el aroma del fuego,…

disfruta silencios como el fondo marino…                     (p. 220)

(Carta a María Eleonora Godefroid – 1812)

 

Estos fragmentos reflejan recuerdos compartidos por el relator y su destinatario María Eleonora Godefroid. Son sentimientos que arrojan luz sobre la confección de esa visión de humboldtiana. Por otro lado, no deja de ser sorprendente que la escritura de Palomares tenga afinidades con la obra de Alejandro de Humboldt, esto por su delicado y profundo sentido humano y de la pasión de ambos por la naturaleza. De ahí que las relaciones entre Humboldt y Palomares, desde el punto de vista humano y literario, sean mayores de las que imaginamos al leer Alegres provincias.

En Alegres provincias, las posiciones y el grado de distancia entre la voz de Humboldt y de Palomares se funden en un solo plano. Ambos personajes son una misma persona en la estructura y cosmovisión poética del texto. El yo lírico de Palomares se corresponde con los atributos que caracterizan la visión de Humboldt:

Vi al viajero recostado en una oscura silla y a las bestias

del bagaje aliviadas

y en el sendero del manantial

pequeños cortijos, pulperías y hostalejos…

Acodados en un sórdido espacio los mulateros encontraban

su aguardiente de guarapo. (p.  223)

 

Es evidente que la palabra “viajero” representa aquí la imagen de Humboldt en una descripción de un yo lírico que asume la función de espectador. En este contexto recordemos que ese relator omnisciente es el poeta desdoblado en la persona de Humboldt. De este modo el poeta recoge la visión del viajero y la transforma en una imagen impregnada del más alto sentido estético. Así nos sitúa ante a una realidad totalmente nueva que nos transfiere a otros planos sensoriales y nos sumerge en la aventura de ese viaje fantástico y deslumbrante:

[…]

Remontamos las aguas del Manzanares /, sus copas de arrayanes /

                    y antes que el disco tocase sus horizonte / la cordillera se encumbraba /.

                   Y más lejos al tiempo de dos leguas / el mar había rozado la explanada

                   y sembraba tunas y díctamos / en su rijosa lámina / Al mediodía nos 

sorprendió la tierra con su ropaje de tormentosos árboles /

                   Asustaba su negra corteza /  en el deslumbrante verdor de hojas del

                   tamaño de un asno / y sus raíces gozaban de parajes oscuros donde

                   sorbían y se embriagaban /. Alcanzamos sus alturas azules / por el estrecho

                   sendero / Y el agua que roía sus piedras bajaba estrepitosa.  (p. 215).

 

Oigamos otra vez al narrador:

La ciudad sombreaba una pendiente /  el sol se abrigaba

                   de luz pálida /  y rojizas volutas / alentaban su porfía

                       Mujeres de larga cabellera, como mi madre / se peinaban

                 a lo lejos.

                       Me encuentro en un extraño palco / en un teatro improvisado

          —-“Un teatro donde el firmamento es la metáfora” / (p. 218)

El siguiente pasaje contiene una visión exaltada de un Humboldt transfigurado en los elementos de la naturaleza. La flora y la fauna lo envuelven en la vastedad de un paisaje inaccesible donde todo su cuerpo genera la imagen abstracta de una figura de cualidades sobrehumanas. Una figura fantástica salida como de alguna película de ciencia ficción y proyectada sobre el fondo de un cielo intenso y brillante. Veamos:

Un hombre tiene en sus brazos densos tatuajes y en

su cintura anchas corrientes navegadas de barcazas

y todo él es una inmensa selva, un viaje  con

gentes que apartan juncales y van labrando oscuras

trochas

y en la piel cálida y sudorosa pueden verse

cazadores de tigres

hostigando con sus lanzas y perros las bestias

arrinconadas en las rocas o en las  salientes de una

ceiba…

De sus espaldas, de sus piernas, nacen brillos

metálicos, hogueras, todo viviente, todo de mareas

pues en realidad este hombre es un gran río, un fluir

de serpientes y aves acuáticas que levantan vuelo

desde manglares y árboles semisumergidos

y todo él se mece de un cielo a otro, dueño y

poseído del mundo, orgulloso de la creación, de sus

ciudades de cazadores, de sus inmensos espejismos.  (p. 250

 

En este lenguaje figurado el poeta presenta un cuerpo de dimensiones gigantescas impregnado de los elementos de la naturaleza, de animales y selvas y ríos caudalosos. Una imagen que rompe la lógica del mundo real para proyectar a Humboldt como un referente cósmico y como una presencia estética de este lenguaje poético. Por tanto, ese cuerpo tatuado por la naturaleza se convierte en una alegoría del universo: “De sus espaldas, de sus piernas, nacen brillos metálicos, hogueras, todo viviente, todo de mareas pues en realidad este hombre es un gran río, un fluir de serpientes y aves acuáticas que levantan vuelo desde manglares y árboles sumergidos.”

Al final del libro Humboldt ha alcanzado su total transfiguración en la naturaleza que lo eterniza. En esa imagen exaltada viaja también la presencia del poeta, la esencia de su ser, su cuerpo traspasado por la belleza del paisaje venezolano y la luz de su cielo infinito. Y aquel Dragón que al comienzo de la narración vimos pasearse sobre la cubierta de un barco, retoma hacia otros horizontes como un peregrino consumido por la misma belleza que vieron sus ojos. Ya el corazón del poeta lo siente alejarse; ya su historia nos pertenece: “Por largo tiempo nuestros ojos quedaron fijos sobre esa costa blanquecina donde no habíamos tenido queja de los hombres sino una sola vez. La brisa era tan fuerte que en menos de seis horas fondeamos cerca del Morro de Barcelona. El barco que debía conducirnos a la Habana estaba listo y ya izaba sus velas.” (.251)


 

Comments are closed.