[72] LA POESÍA QUE ABRE UNA PUERTA SIN PARED Sonia BETANCORT

 

 

LA POESÍA QUE ABRE UNA PUERTA SIN PARED

Sonia BETANCORT

 

 Poeta Canaria participante en el

9no Festival Mundial de Poesía de Venezuela

La órbita sin sol

                  “La palabra, ese cuerpo hacia todo”

                                               Roberto Juarroz

                  “Juegos de Construcción”

                                   Javier Lorenzo Candel

 

La poesía no cabe en el poema

quécosanocabeenelcuerpo

 

La luna estrangula

movimientos crédulos

vacas rojizas como la aurora

paren estrellas en su ombligo

La imagen traspasa

la luz espiritual

que llega hasta la mano

que escribe

 

Estuve tan cerca

de crear

el juego de construcción

 

El hombre es una bocanada de cuerpo

el cuerpo es una boca

nada

 

Antes de lo real había un verbo

éramos tan pequeñitos como somos

frente al cuerpo que va hacia el agua

que va hacia el sueño que va hacia el cuerpo

la identidad que es cosa de corresponderse infinitos

 

Cuando tú recibas esta palabra

la mujer gato habrá huido

la mujer tortuga que batió el océano

con sus patas redondas habrá huido

le enseñaron a poner hijos en el cuerpo

pero el huevo estaba vacío

como la órbita sin sol

 

En vano traté de concebir el poema

como un árbol

 

 

 

Ley de atracción

El cuerpo

va hacia el tiempo

viene del eco

de la luz

y va

hacia el hijo

de otro brillo

el cuerpo

va hacia la tierra

su pie descalzo

pronostica un árbol

el cuerpo

va hacia el aire

va hacia una pregunta

que nunca

es preguntada

el cuerpo

va hacia el ojo

contrae al horizonte

en la retina

el cuerpo

va hacia el fuego

finge

esa llama

en el corazón

en ese instante

el cuerpo

va hacia el agua

arrugado va y viene

de su casa

el cuerpo

no traiciona

el saber que esconde

el cuerpo

señala y dice

siempre lo mismo

el cuerpo

va hacia el otro

el cuerpo

va hacia

el cuerpo

que ahora

como nunca

viene

hacia mí


 

Narciso Habla

 

A Mariángeles Betancort

Leyendo a Paul Valéry

 

 

Y allí

en mitad de una noche viscosa y triste

me enamoré del reflejo de aquella mujer

no era ella ni siquiera la estación sombría

de lo que ese rostro trae cada mañana hasta el espejo

 

era ese reflejo repetido en mi cabeza como una llave

esa posibilidad de ser lo que paraliza el agua

la bebida azulgrana de un cuerpo que tiembla como un recuerdo

la ironía fugaz de un límite que abre una puerta sin pared

 

porque aquella mujer reflejada era un umbral

algo que la divinidad registra en la fibra del océano

 

a ella a su rostro va cada noche el aceite de los barcos

el grito tapizado de esa fuente que viene a ser poema

el lamido ciego lo que cabe en ese agua que se agota

la memoria del agua agotándose en la imagen

la piedra lanzada contra el agua inmemorial

la piedra en medio del reflejo que yo amé

 

Esa mujer reflejada

esa mujer

el agua de esa mujer

en la mañana después del sueño

gotea en mi almohada

como un ejercicio inútil de lo que ya no soy

Cuento para leer desnuda

 

Amo a la bruja de este cuento

a la esposa confusa que esparce veneno

en las alcobas de los sueños

amo a su gata subterránea

con su cola sucia

con sus bigotes finos como rayos

con sus dientes afilados

amo su norma de ser indiferente

gemir sobre la almohada fría

y salir de viaje con los ojos vidriosos

amo lo oscuro de su pata caliente

 

amo a la frenética mujer sardina

la de freír tiempo en los mercados

la de nadar en la bañera con el corazón roto

salpicado de nueces y lagartos

la del feto en el frasco de colonia

la de las botas hinchadas por la lluvia

la débil y serena mujer

que atraviesa las bisagras de la casa

y se confunde con el polvo

y nadie la ve pero tiene un perro que la mira

desde el fondo de su ojo acomplejado

y la comprende

 

amo a la mujer pirámide la niña al revés de todo

la equilibrista del ridículo

la del miedo a pasear y que la miren

la del miedo a pedir una barra de pan y que la miren

y correr hasta casa adelante del espejo y verse

desnuda sin superficie y dorada como un bebé

 

amo a la mujer viaje

a la que enfrenta convencerse de aquello que piensa

amo a la violadora de jugos y miserias y leyes y reglas

a la creadora de jazz de calendario

a la que bebe y fuma y fuma y bebe

y cae en el prototipo de estar más sola que ninguna

 

amo a la mujer cerradura

la que deja que entre

la que es herradura del gordo

que masticaba una estrella ese día

la que es pantomima de la nube

la que es molinillo del viento

que agita el capricho

y cae

y vuelve a volver sobre la caída

y cae

y no disimula que cuando cae

en realidad se acuesta

sobre un gran lecho de palomas dibujadas

 

Sun Kiss

El beso gira sobre nuestras cabezas.

Empezamos por pensar el beso,

por amasar la figura oblicua de su roce absoluto.

 

Un beso se construye en la garganta del abrazo

o tierno pasea con zapatos de escuela

por la estrellita de una falda intermitente.

 

Un beso quiere comerse mi límite,

intercambiar el sabor de dos astrologías.

Y es tan triste el beso que no es,

aquí parada frente a la boca

enredada por el miedo.

 

El beso pronostica la trayectoria de mis labios

y tal vez profetiza contra un velero sin adiós.

Inmortaliza un tiempo fascinado,

ese momento de besar que se disuelve

bordado en el pecho frío de la eternidad.

 

Bella y durmiente espera esta hormiga

el beso que flagele su estatura,

cabe la muerte en ese beso,

crece la araña en su escondrijo,

en la caída toda lengua propone

su sapito de humedad.

 

Abre su grifo de luciérnagas el beso de Judas.

De la estatua se despierta el labio de Rodin.

Muero por ese beso fresco que sorprende

con una manzana en tu boca.

 

Alentado por esa madeja enrojecida,

vuela un atardecer a mi cuerpo

que por fin se desvanece con el beso.

 

Yo no soy Audrey Hepburn

 

Put the blame on Mame, boys

GILDA

Yo no soy Audrey Hepburn.

No me detengo en tu salón durante años

en un cuadro con marco triste y cristal roto.

Ese cristal inaguantable

que reproduce la leucemia del amor,

esa grieta uniforme, extravagante,

que se agranda con el tiempo

sin que nadie la toque.

Ese tajo que distorsiona los labios de la imagen,

esa imagen frente a la que dos se besan

y que va deshaciendo sus bocas

atravesadas por una enorme guillotina.

 

Yo no soy Audrey Hepburn.

No aparezco en tu infancia como una actriz de los cincuenta,

ni tomo tu mano frente a tu casa oxidada,

llevando hasta el olvido tu barrio tan doliente

de las afueras de esta ciudad.

 

Yo no soy esa fotografía, ni el álbum de esas fotografías,

ni las canillas abiertas de un libro cuyas gotas

no son más que palabras indiferentes

que nadie verá hasta que hayamos muerto.

Yo no soy la reina de nada, ni la princesa Cinderella,

ni la cama redonda de un hotel de las Vegas

donde enamorarme tres noches seguidas

de tres muñecos sabelotodo.

No tengo una casa en Roma,

ni huyo a caballo en una película,

rodeada de mansiones verdes.

Yo no sé cantar. Ni sobrevivir a una guerra.

Yo no sé vacunar a cien niños de Somalia

ni ver cómo se mueren mis hijos.

 

Sin embargo tú, estúpido,

prefieres acostarte con Gilda y te levantas conmigo.

Tú, insoportable domador de mi ego,

te levantas teniendo en la mano

el cuerpo que inventé para el imán.

Y todavía me parece ternura eso que haces,

muchacho inoportuno,

cuando desnudas a esta niña con las uñas pintadas.

 

Yo no soy Audrey Hepburn, no soy la fanny face,

la sonrisa perfecta, ni la alquimia, ni el verano.

No soy la felicidad ni la musa de ningún perfume,

ni hablo francés, ni me casaré nunca.

Pero he logrado amarte antes de mi boca,

y créeme que cuando por un escaso minuto

la tibieza de ese amor

recorta ciertas fotografías de su marco,

cuando logro des-disfrazarme,

interrumpir el dramatismo del cristal roto,

cuando me entrego a la escena de salir de mí,

si supieras que sí, estúpido, si supieras que sí.

Si supieras quién soy.

 

La vie en rose

 

La vida es absolutamente rosa.

Mirada de cerca reproduce un fractal portátil,

la fructosa de una granada, un algodón de azúcar.

Huele a colonia de bebé y se elastiza como el chicle.

Es un gran chicle de fresa que sucede

en los primeros segundos de la boca.

 

La vida,

asombrada de paralizar su pincel

en el ramillete de la novia.

La vida,

coloreada por un diseñador de cocinitas,

sumergida en un lago de Senegal,

pensada por un amante de Tokio.

 

La vida es la infancia agitada,

un cordón de jóvenes gacelas

que muestran sus encías al atardecer.

El salmón crudo que despierta en la lengua después del beso,

los arañazos débiles de una herida que se cierra,

el tono pulido de la sangre lavada.

 

La vida es como la muerte, absolutamente rosa.

Nacemos del rosa de un sexo inflamado

y vamos al rosa de la tierra y el mar.

Al rosa de la ceniza, con su pétalo latente,

al fucsia de los tulipanes, al cuello de los flamencos,

al neón de los ojos de los roedores, a las huellas del coral,

a las patas de los avestruces, a la voz de los delfines.

 

La vida es rosa, melancólica y magenta.

La vida no es más que el amor.

La primera caricia, la primera mordedura

de la piel en la piel.

 

La cajera

 

Este amor no conoce separación.

Ni yo me voy ni vos te quedás.

ELISEO SUBIELA

 

Son las seis de un supermercado de Madrid.

La luz se cuela en filamentos rotos, suenan pasos,

un cuchillo desmenuza el lomo de un animal,

cae, ardiente, una pirámide de manzanas verdes.

 

Sé que estás cerca, pues todo se ha movido de sí

hacia la entrega, todo se inclina con furia,

se estremece, inaguantable, se desordena.

 

Latas de conserva quieren ser rápidamente de otros,

se niegan las nueces a tener una mitad, estalla una sandía,

la miel se derrama y propaga una estrella.

Aquí donde yacían los peces del almuerzo

ahora se abre un infinito acuario, las góndolas de Venecia,

el muelle al que vienen a aparearse cien lobas de mar.

 

Me siento frente a ti y toco el borde escandaloso del piano,

esta máquina gris que busca lamer la moneda que me das,

puede ser el paraíso tu compra solitaria?

Bajo los ojos, la mirada. Elevo el escote severo, jadeante.

Te amenazo en silencio: ni yo me quedo, ni tú te vas.

 

Y persiste en mi boca el sabor de un limón amargo,

la leche violenta, la terquedad de las espinas,

el color triste de los pasteles de fresa,

la risa insoportable de un exprimidor.

 

Te vas con el sonido resignado de la puerta automática,

con mi cuerpo frío, temblando, pegado a tu espalda,

haciéndote pequeñísimo adentro de mis ojos.

 

 

Luego, de noche, cuando tengo que cerrar,

descorcho una botella que no me pertenece

y celebro que al verte he vuelto a morir.

Y juego a desvanecer la luz y a limpiar los cuchillos

y rozo con mis labios la manzana arrepentida,

y guardo mi corazón

en la cajita de aftershave que has olvidado.

 

Instrucciones para descubrir a la mujer en el zapato

 

El zapato es un mapa.

Recorra aquel de la mujer que ama

y encontrará allí

la obertura de su opereta más triste.

 

El zapato es inmortal,

déjelo caer por la ventana de la mujer que odia

y lo verá levantarse victorioso

como un gato amaestrado.

 

El zapato es siempre descabellado y absurdo,

a la usura del paso propone una quietud en movimiento

la evasión de una llaga

la armadura de un palacio de cristal.

 

Si escuchó los pasos de ella en el pasillo,

sabe que todo zapato

esconde un instrumento musical.

Visto de cerca el zapato rememora un arpa

desmembrado es un violín

la cuerda más sexual de la guitarra

el tacón punta tacón.

 

Ave Fénix de la infancia,

el zapato es una erotización del recuerdo

la irrealidad de ver por primera vez los pies de la madre

la constatación de nuestra primera soledad en el mundo.

 

Miro mis botas hinchadas por la lluvia

mis viejos zapatitos de charol

mis mocasines para jugar en el patio

mis agujas de vértigo

mis sandalias de Brasil.

 

El zapato es mi ruta de viaje.

El zapato es mi mapa mudo,

la geografía

de mi cuerpo celeste.

 

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