[51] Gastón BAQUERO

Gastón BAQUERO
Enrique Hernández-D’Jesús

En el verano de 1991, de paso a Sevilla a la Universidad
Hispanoamericana Sta. Mª. de la Rábida en Huelva para participar
en el encuentro de Fotografía Latinoamericana, tendencias actuales,
me quedé en Madrid invitado por Carlos Contramaestre. Ese primer
día Carlos quería que conociera al poeta Gastón Baquero. Yo sabía
muy poco de sus andanzas. Sentía mucha admiración por el poeta
cubano, por el poeta contemporáneo a Lezama Lima, y era la mejor
oportunidad de verlo.
Siempre recordaba su ya conocidísimo poema

PALABRAS ESCRITAS EN LA ARENA
POR UN INOCENTE:

Yo no sé escribir y soy un inocente
Nunca he sabido para que sirve la escritura y soy un inocente.
No sé escribir, mi alma no sabe otra cosa que estar
viva.

Va y viene entre los hombres respirando y existiendo.
Voy y vengo entre los hombres y represento seria-
mente el papel que ellos quieren:
Ignorante, orador, astrónomo, jardinero.

E ignoran que en verdad soy solamente un niño.
Un fragmento de polvo llevado y traído hacia la tierra
por el peso de su corazón.
El niño olvidado por su padre en el parque.
De quien ignoran que ríe con todo su corazón, pero
jamás con los ojos.
Mis ojos piensan y hablan y andan por su cuenta (…)

Su largo poema me estremecía y me cargaba de sensualidad, el dicho
sibarita con el sonido de las calles habaneras, con el cuerpo extraño
de las imágenes, sus expresiones de las más representativas era algo
que me hacía ver más allá de las palabras, el ritmo inmediato las
formas clásicas. Es el eterno retorno de Baquero al pasado, donde el
poeta entra al presente creando una poesía barroca. Una poesía que
fluye del vacío en la tradición grandiosa del espíritu musical.

Ese primer día fuimos a visitar a Gastón Baquero, en la madrileña
calle de Antonio Acuña. No llegamos a la hora convenida porque el
verano si no era dilatado, era muy arrecho. La validez religiosa del
destino estaba organizada para ese 13 de julio, encontrarnos ese día.
Además de conocerlo, quería que el poeta me hablara de su teoría
sobre la influencia de la alimentación de un poeta a la hora de crear
sus versos, y nos manifestó que -mucha gente lo había tachado, lo
había etiquetado por esta teoría, de materialista-. Seguía diciendo: –
pero servirá para mitificar más el trabajo de los poetas, porque
revivirá la magia que la naturaleza tiene para el creador-. Y eso es
lo que Gastón Baquero, nos enseñó: la naturaleza. Y siento como
acudió a su impenetrable soledad

Me siento bajo el sol a beber tarde,
a comer rodajitas de blando atardecer,
rodajitas finales de este domingo triste,
triste como todos los domingos,
y más los domingos tristes del verano.

La campana vacía de la tarde
se llena de fantasmas silenciosos:
vuelve la compañía mejor del solitario,
que es la memoria barrida de arriba a abajo,
lavada, planchada, limpiecita,
por la callada escoba de la muerte.

(de MAGIAS E INVENCIONES)

 

 

En un principio él iba a cocinar, pero se sintió un poco cansado, así
que decidimos comer en un restaurante de la calle.
Al salir de aquel apartamento abigarrado de libros, por todos lados,
en los baños, en los pasillos, en los rincones, sobre la cocina, sobre
la mesa, en fin, Baquero y los libros formaban un solo cuerpo, un
cuerpo único con las fotos de José Martí y de Walt Whitman, un
cuerpo que nos transportaba a los territorios ocultos donde el poeta
sembraba su poesía. Ya en la puerta nos mostró el piso de enfrente
donde vivió César Vallejo -yo siempre me asomo por la ventana y lo
veo recitando sus poemas, lo veo pensativo, veo al poeta peruano-.
Caminando nos hablaba de su actitud con la poesía, de lo lejano que
veía la poesía
Y más allá por la misma calle estaba el piso que ocupó Rubén Darío.
Nos llevó a un pequeño restaurante, donde los dueños eran amigos
del poeta y conocían sus gustos. Comenzamos con una exquisita
tortilla de angüilas. Al poeta como buen glotón le gustaban los
cocidos, el cocidito madrileño, con sus buenos pedazos de carne de
morcilla de vaca, sus trozos de jamón, los pedazos de gallina, y por
supuesto con la legumbre nacional española que es el garbanzo.
Pero, pusimos a un lado la cocina pesada, después de la tortilla
vinieron unos espárragos “trigueros” con ese amargo suave que los
caracteriza y con una vinagreta de una delicadeza superior. Carlos
Contramaestre pidió púlpitos enanos y sentíamos que:

Hay que morir, amigo, para unir los extremos
de este cotidiano alambre
tendido sobre el abismo de estar vivo.

Hay que morir, no hay fallo, para enterarse un poco
de si es cierto que existe la Poesía, de si hay
al otro lado del castillo un guardián, una orquesta
y un teatro

Y sobre todo hay que morir, amigo,
para quedarnos finalmente convencidos
de que la luna es el sol de las estatuas.

(de MAGIAS E INVENCIONES)

Tomamos unos cuantas chatos de sabores inimaginables. Los vinos
tintos decía el poeta -son Magias e invenciones, son Pavana para el
Emperador, es donde El hombre habla de sus vidas anteriores. Y
navega en el Testamento del pez, en la Anatomía del otoño.
Las formas poéticas de sus títulos, embriagaban las palabras que el
poeta nos iba diciendo cada momento. Nos resultaba concebible la
mirada hacia el abismo del hombre consigo mismo. En el calor vital
de lo puramente emanado de la experiencia profunda y del alma
ávida de su propia oscuridad y de su silencio.

Y vinieron otros platos y conversamos hasta el amanecer de la vida y
de la muerte, del ser y de la razón de la existencia, de los amigos, de
los conocidos y de los poetas. Llegó el momento de partir. Llevamos
al poeta hasta la puerta de su edificio. Allí nunca supimos cómo nos
despedimos.


OSCAR WILDE DICTA EN MONTMARTRE A
TOULOUSE-LAUTREC LA RECETA DEL COCKTAIL BEBIDO LA
NOCHE ANTES EN EL SALÓN DE SARAH BERNHARDT

(Según Roland Dorgles, en casa de
Sarah bebieron esa noche un raro
cocktail. Un hombre preguntó cómo
se hacía. Y Sarah dijo: “Este es un se-
creto de Oscar. Oscar, ¿querría usted
darle en privado la receta a mi dulce
amigo el señor de Toulouse-Lautrec?).

Exprima usted entre el pulgar y el índice un
pequeño limón verde
traído de la Martinica. Tome el zumo de una piña
cultivada en Barbados por brujos mexicanos. Tome
dos o tres gotas de elixir de maracuyá, y media
botella
de un ron fabricado en Guyana para la violenta sed
de nuestros marinos, nietos de Walter Raleigh.

Reúna todo eso en una jarra de plata, que colocará
por media hora ante un retrato de la Divina Sarah.
Luego procure que la mezcla sea removida
por un sirviente negro con ojos de color violeta.
Sólo entonces añadirá, discretamente,
dos gotas del licor seminal de un adolescente,
y otras dos de leche tibia de cabra de Surinam,
y dos o tres adarmes de elixir de ajonjolí,
que vosotros llamáis sésamo, y Haroum-Al-Raschid
(llama tajina.
Convenientemente refrescado todo eso,
ha de servirlo en pequeños vasos de madera
de caoba antillana, como nos lo sirviera anoche
la Divina Sarah. Y nada más, eso es todo: eso,
Señor de Toulouse, es tan simple
como bailar un cancán en las orillas del Sena.

(De POEMAS INVISIBLES)

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