[47] MI HELADERÍA

MI HELADERÍA

LA SIERRA NEVADA

Enrique Hernández-D’Jesús

dedico a mi padre Enrique Antonio

En aquella época mis sentidos eran conciliables en las
sombras. El manto crepuscular de la Montaña se sembraba en las
faldas, en las piedras que expresaban la historia, la historia de
esos páramos, de la humedad y la tierra fría, de la tierra encendida
en sus fulgores. Mis sentidos nublaron la mirada de los rayos del
sol, zigzagueantes en los cultivos de trigo, en los sembrados
bosques de pájaros, de cumbres forradas de algodón donde
tiemblo, donde tiembla el animal, donde se vislumbran los
manantiales y los ríos se despeñan.

 

 

En aquella época comía los helados de mi padre, y solía
mirar la gran cumbre nevada como una inmensa barquilla de
vainilla.

Ahora, la mirada caraqueña nos remonta de un tiempo a
otro. Allá lejos, ha quedado la Sierra Nevada. Acá, el Guaraira
Repano.

La Sierra Nevada era mi infancia, también, la infancia de mi
padre.

Mi padre era heladero. Preparaba sus helados con frutas
naturales, con crema de leche y las siete esencias de los paladinos.

De la Sierra Nevada traía el hielo seco de los dioses para
hacer helados prodigiosos.

En la infancia me sentía deslumbrado por la alta montaña.
La Montaña me agobiaba, me creaba espacios imaginarios para
escapar y huir, modulando en la sombra de mis malos
pensamientos, cielos de encierro.

La Montaña, era mágica e imprevista. A lo mejor no era la
montaña de Thomas Mann. Los personajes de la Sierra Nevada,
eran hombres sencillos, agricultores atormentados por los
torrenciales aguaceros, a los que estaban acostumbrados.

 

 

 

La Sierra Nevada constituía un enigma. Creaba en mí
grandes sueños de glotón en ciernes.

La Sierra Nevada era mi barquilla, era mi helado predilecto,
mi gran helado. Yo era perseguido por los helados. Me dormía y
contaba mi sueño con carritos de helados, triciclos con cavas
especiales. Carritos de helados en todas las esquinas, en los
alrededores de las escuelas y en los campos deportivos. Yo me
sentía dueño y señor de los helados. Aparecían avisos de mis
helados por todos los lugares de la tierra. Avisos obsesivos por
toda la ciudad. Mis helados se vendían en la aldea más cercana al
paraíso.

Desde la Sierra Nevada quedaba más cerca el cielo y sus
ángeles resfriados. En la alta Montaña anidaba el ave más grande
del mundo, el Cóndor, el Cóndor de Los Andes, envueltas sus
alas gigantescas en las tinieblas del páramo y desapareciendo en
la apariencia exagerada.

A través de la niebla y del silencio la Montaña salvaje, la
Montaña que se presentaba todas las mañanas, descubierta,
desnuda, era una doncella melancólica, con sus picos masivos,
llenos de nieve. La crema eterna, la torre con ojos de rocío, de
follaje y frailejones. La Sierra Nevada protegida por las Diosas
tutelares: Tibisay y Caribay, guardianas de los picos Bolívar,
Humboldt, La Concha, Bonpland y El León; llamados Las Cinco
Águilas Blancas por Tulio Fébres Cordero. Sus irregulares picos
se parecían al helado de parchita, al de chocolate, al de café, al de
guanábana, al helado de mantecado con crema de leche, con
huevos batidos, donde se creaba una mezcla que nos enloquecía
los sentidos del gusto y nos lanzaba hacia lugares inimaginables,
llenos de barquillas fantásticas. Cada crema tenía la pasión del
alquimista de las nieves, la manera particular de su preparación
nos permitía ver la Sierra después, convertida en ese delicioso
helado invernal.

 

 

En las mañanas llegaba a la Plaza Bolívar, y desde el pie del
caballo contemplaba la Montaña, miraba en el pedestal de El
Libertador, la ridícula factura que le pasaron a él los merideños:
«Mérida destruida por el terremoto, os dio sin embargo tantos
hombres, tantas armas y tantas cosas para liberar a Venezuela»; y
del otro lado decía: «Mérida os otorgó el Titulo de Libertador
conque os conoce el mundo entero». Es decir, que si no hubiera
sido por el aporte y esas armas, si no es por Mérida, al Libertador
no se conocería en el mundo entero, no se hubiera liberado a
Venezuela. ¡Que pretenciones!.

 

 

 

 

Yo veía la Catedral, el reloj con sus números arábigos,
delante de ese fondo de piedras y nieves eternas.

En la esquina norte de la plaza, en unos pequeños escalones
se escuchaba un eco misterioso. El eco prolongado, respondía a
las preguntas que uno como adolescente se hacía. No dejaba de
preguntarle por los helados, el eco adivinaba y me hablaba de los
helados: de coco, de fresas, del helado de pistachos, y yo a su vez
le hablaba del aire frío que saciaba la atmósfera. El eco era de una
sencillez melancólica, me invitaba cortésmente a controlar el
movimiento de los labios cuando estaba sorbiéndome el helado.
El sempiterno movimiento de la repetición oculta y eterna.

De la misteriosa Montaña, venían los espantos y los
fantasmas que nos asustaban en la infancia. El fantasma se
aparecía cuando estábamos aún despiertos, en el entresueño.
éramos dueños del fantasma de la Montaña, bajaba por las
noches, del espanto que volaba en escobas mágicas. El ánima
bendita era la más buena de todas, solamente nos asustaba cuando
nos portábamos muy mal. También se nos aparecía La Pata de
Palo personaje que nosotros venerábamos por su extraña
religiosidad, decían que ella trabajaba de día limpiando pisos y
corredores, y con lo poco que ganaba con el más antiguo oficio de
la humanidad, compraba velas para alumbrar a los santos y a los
muertos. Por la noche, en la famosa calle Cuatro Piedras, calle del
amor, el desenfado y de los bares, dedicaba múltiples dones de
seducción a la plácida perversión del amor. El dinero allí obtenido
se lo regalaba a los pobres y a los huérfanos. También se nos
podía aparecer en cualquier momento Jacinto Plaza, santo de los
humildes y las mesoneras. Hasta los personajes que andaban por
las calles, como Pecho de Paloma, fabulador, de abundante
conversación, aplaudido con gran algarabía por los estudiantes
por sus disparatados mítines relámpagos. Pecho de Paloma, nos
hablaba en el entresueño. La Media Misa, era otro de los
espectros que se nos aparecía, llegaba con tres o cuatro vestidos,
muchas medias y sombreros extraños, desgarbada y con el
entrecejo ceñudo indicándonos los caminos hacia el cielo de las
montañas. Y Cucurucho y otros más, locos hermosos, llegaban de
la Montaña. La Montaña daba para todo. Lo que sucedía en la
ciudad se lo achacábamos a la Montaña. Si llegaba un circo
mexicano, con artistas, payasos, leones y elefantes, decíamos que
eran los mismos duendes de la Montaña, nos venían a embrujar, a
transformarnos en enanos, en monos, o en animales extraños. En
fin, éramos el espectáculo del circo. Algunos fuimos convertidos
en pájaros nocturnos y nos regaron por toda la Montaña. Éramos
aves, osos de la Montaña, enanos tristes, que circulábamos sin
destino en las noches más oscuras del universo.

 

 

Mi curiosidad no esperó y en la primera oportunidad me
escapé con alguno de los personajes de un circo. Me fui con una
bailarina y un titiritero Boliviano, le acompañaba su esposa una
titiritera ecuatoriana, y un venezolano de mi edad quienes movían
los muñecos, y sobre todo conocían el montaje de La Diablada, el
baile de los Diablos de Oruro. El único que no era titiritero era yo.
Pero me fui con ellos para Bucarest, a un Festival Internacional de
Títeres. Nunca moví una marioneta y sentía que mi espíritu estaba
en la Montaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En ese entonces mi familia vivía en la parte trasera del
negocio de mi padre: La Heladería y sus extrañas máquinas se
movían para hacer helados poéticos, delirantes. Los refrigeradores
donde se guardaban los grandes termos que se utilizaban en los
carritos para conservar la dureza de las nieves eternas. Los
carritos llevaban en letras inmensas el nombre de la heladería de
mi padre: HELADOS EL GRAN DETAL. Al otro lado del
negocio, estaba la venta de lo espiritoso, todas las inimaginables
botellas de vinos, aguardientes, licores, whisky, brandy, coñac,
rones, botellas que llenaban el infinito de mis expectativas, la
botella y el frasco que ha girado siempre en mi vida. Pero no eran
sólo las bebidas, las vitrinas estaban llenas de bombones, de
dulces italianos, de caramelos holandeses, de chocolates suizos y
de Italia, habían unas cajas enormes de chocolates, eran más
grandes que yo.

Yo tenía mi propia registradora, mi propia caja para guardar
el dinero de las cosas que vendía en el negocio de mi padre, de los
turrones, de las cajas de pasitas, de las uvas y de las peras, y de
los quesos. Donde estaban los quesos era mi lugar preferido. Y
recuerdo mucho las latas de galletas, las latas de salmón, de
angüilas, los frascos de trufas, de caviar, de mejillones, de todo lo
que se nos hacía grande y nos aguaba la boca. Así como los
pastelitos de la señora Ana, los famosos pastelitos de San Benito.
Pastelitos de carne y arroz, y de queso. También sus hallacas y el
mondongo que se podía acompañar con un vaso de chicha andina.
Todos esos gustos hacían y creaban una cocina muy especial en la
memoria. La chicha era famosa, y desde la casa de la señora Ana,
desde esa casa señorial, nos impresionaba la Sierra Nevada,
majestuosas montañas convertidas en jardines lejanos y errantes,
en picos asoleados donde estaban las Cinco Águilas Blancas, con
su melancolía, su inocente melancolía, escarbándonos la
conciencia, revolviendo la nieve perpetua, la nieve eterna.

 

 

La Montaña me enseñó sus placeres, las dimensiones
reservadas para cada pájaro, para el único oso frontino que
quedaba, y para las rarezas que se nos iban apareciendo en lo
imponderable, en las flores perfumadas, en el orégano resistido al
frío y al canto de los colibríes, y los cielos surcados por las nubes
en las altas montañas. Mi sueño era convertir la Montaña en la
gran barquilla.

La Sierra Nevada en mi sueño de niño era una heladería y
una venta de dulces. Y como todos los sueños de la infancia, no
se cumplió. Era demasiado sueño para mí. Miro desde mi balcón
en La Campiña la majestuosa montaña que es El Guaraira
Repano, lo comparo con mi Sierra Nevada. Me muevo en todos
sus espacios, en todos sus árboles. Miro la Montaña, me como mi
gran helado.

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