[29] LLUVIA

 LLUVIA

Enrique Hernández-D’Jesús

 


Tuércele el cuello al cisne

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Enrique González Martínez

EN LA VENTANA

 

 

 

 

Una muchacha se asoma en la ventana

Yo la miro

Ella me mira

Se cruza los brazos y ve caer la lluvia

La melancolía se detiene en sus brazos

La lluvia se detiene

 


* Involucrada la tormenta convertida
en lluvia de paso
* Entre Candilejas me encontré
En la ciudad bajo la lluvia
En un frasco ardiente entré a la mirada

 

* Adelante La gota de lluvia arde
en el calor
Gira alrededor del árbol De la luz De la
prenda de sol
De frente no concibo esta razón

 

 


Para mover el piso la grama y con
coraje cubrir el cielo tapar la luz y
vibrar el aleteo del colibrí lluvias
expresando la misma nube al aire

 

El poeta toma de las altas horas la arqueología de la lámpara El invierno La morada La lluvia Estaciona la estancia de la palabra Los búhos Los pescados voladores Se enciende el candelabro Se acecha el resplandor La estrella de la intimidad El sonido de la noche Y el tic tac del reloj

 

Reina amante del amor, así como amaste el amor, que tu cuerpo cubra la lluvia del invierno próximo, y en los aposentos de los cultivadores se escuchará la música, el ruido de los fantasmas, las maderas crujientes de noche, el silencio de las acacias.


Agréguelos al caldero, lo mismo que un manojo pequeño de perejil, cilantro y yerbabuena cortaditos, y déjelos caer por encima como una lluvia de oro.
mientras la lluvia se vuelve casi una lánguida y terrible sospecha
Déjela en el patio trasero Déjela que mire su mirada a la media luna. A la media luna de los primeros días de diciembre.
Es cuando comienzan las lluvias Deje que la olla se llene de agua.

 

 

 


Es muy importante que el fuego sea lento por unos diecisiete minutos más. En ese momento le caerá una lluvia de dos copas de jerez. Y un rocío de soya con hongos. Lo apaga después de cuarenta y cinco segundos.
Es el espíritu barroco junto con el Dios de las Lluvias de Los Aztecas, con la iniciación de los Yanomamis, o de las danzas de las vírgenes bañadas de tomates y rodeadas de esencias, licores, de guanábanas, chirimoyas, nísperos, piñas, hierbas olorosas y hierbas sagradas.
El corazón siempre conservador, mantiene su imagen viva. Ve desde los palcos las explosiones, las llamas, el fuego ardiente, encendido y arrastrado por las aguas, donde bajo las lluvias anda salvaje en la mente humana. Corazón y mente causan irritación. Esta imaginativa preparación del plato tiene que dar frutos.


Fresas naturales, remojadas con la Lluvia caída en la tarde de las flores. Sírvalas en una gran e impresionada ensaladera. Déjelas un rato en el viento que baja del Ávila. Verá como se enrojece la fruta en la ensaladera. No le agregue nada. La Ensalada de Fresas estará agradecida de que sean solamente las Fresas

 

El Conejo interviene en reflexiva reacción, pausada, entre las gotas de la lluvia. Al estar cortado en pedazos y lavado, se pone a sofreír con mantequilla, pedacitos de ajo y un poco de sal.

 

Su aparición es más intensa, está destinado al paso de la creación. Virtud distinta de la ironía. En la red vital, en el cielo busca el poder capaz de ejercitar el camino a las lluvias en la eternidad. Y con este palo de agua, con este palo de amor, preparo -Paticas de Dinosaurio con salsa de berros y miel-.

 

 


El sordomudo estaba siempre con su cara extraviada a la lluvia, a los primeros días de la Primavera, al calor de mayo. Y siempre con sus mismos papelitos, arrugados y manoseados por miles de personas.
En otra olla de barro se pone la muchacha cuadrada de dos kilos y medio, limpia de grasas, acariciada con doscientos gramos de miel hasta cubrirla toda. Y una lluvia de hojas secas.

 

Recoja en agua de lluvia flores del mar: y, al mismo tiempo de los llanos del sur: un espíritu de nervios – lilas y músculo enamoradizo: cuerpo de res, carne de rosa. Sonría al río mejillón de aliento de relámpagos jirajara y espada de ají: el canto ardiente.

 

 

 


Plena es la pasión y el movimiento voluptuoso
Su semblante enlaza la lluvia
Los vientos siembran los presagios
el desnudo siente el fulgor
En un molde de vidrio, redondo, enmantequillado, acuesta esta mezcla. Y le pone una lluvia de perejil muy desmenuzado.
Después lo mete en baño de María por cuarenta y cinco minutos a fuego suave.

 

 

 

 

 

En la creación del alma existe el centro, el acto de la vida creadora, la facultad de las sensaciones, la desesperación de la lluvia en la memoria.
La luz interior traza entre el viento y la lluvia, entre lo oscuro y lo luminoso, la melancolía, el estar triste y contento.
En cierto modo, la tarde inventa su circo, una nube de paso deja caer la lluvia. En la cama damos vueltas al amor. Si descuidamos algún movimiento perdemos el candor, la locura, la sombra oculta; es la animalidad que distingue el ropaje.

Cuando toque el cuello
Tenga presente que ha matado el amor
La lluvia lo dice
Ocupe su escenario

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