[23] Javier VILLAFAÑE

Javier VILLAFAÑE

UNA HISTORIA CUENTA POEMAS
Enrique Hernández-D‘Jesús


 

Javier Villafañe una leyenda como titiritero y poeta.
Javier Villafañe era un contador de cuentos, el ángel a quien le habían tumbado el ala derecha a martillazos. Sus anécdotas andan de boca en boca, de amigo en amigo. Llegó a Venezuela en los setenta. Recorrió todo el país presentando sus títeres, hablando sobre literatura, leyendo sus poemas, conversando con la gente. El poeta creador de la palabra de la literatura oral eterna.
El poeta miró con sus ojos el alma. Los ojos de Javier Villafañe: azules. El poeta con su mirada detenía el corazón, la luz. Lo seguiremos pensando como una leyenda, el titiritero recorriendo América, el mundo a la Andariega. Andará con sus títeres, compañeros míseros. Y el diablo acontecido de picardías, de historias de amor, de aventuras, y sueños que seguirán a lo largo de los caminos, de pueblo en pueblo.
Maese trotamundo por el camino de Don Quijote
La ruta de La Mancha marcada por Rocinante, Villafañe la recorrió acompañado de varios titiriteros, un fotógrafo, el poeta Leopoldo Castilla, y un cronista: Baica Dávalos. Enloquecieron a los niños, encantaron a los pueblerinos, se robaron el amor de la nieta de un titiritero cordobés, cautivaron monjas. Grabaron entrevistas, y de ahí Los Cuentos que me contaron por el camino de Don Quijote. El incansable Maese ya había seguido otras rutas en nuestras tierras. Cuando vivió en Mérida, trabajó en la Universidad de Los Andes y desde allí hizo varios libros de personajes que iba encontrando en sus andanzas: Los cuentos que me contaron el testimonio sublime, una selección de miles de cuentos que recogió en muchas escuelas, la palabra de los niños. Después vinieron Los cuentos de Olivia Torres.
Hace más de dos décadas conversé con el maestro Villafañe. Tenía 65 años. Sus palabras hablaban de sus últimos días. Hablaba del cementerio de Mérida, quería que lo enterraran allí porque le gustaba mucho el cementerio y podía estar al lado de un santo que los merideños llaman Jacinto Plaza, quien murió el 10 de febrero de 1901, y fue conocido por el pueblo como El Padre de los pobres.
Era un tomador de mate. Hermoso caballero. -Mientras uno anda bien las cosas andan mejores- repitió infinidad de veces.
Escuchemos su palabra:
-¿Cuáles son las cosas que a uno le han gustado más? Es cómo para volverse loco. Me han gustado tantas cosas, pero tantas cosas y todavía me seguirán gustando otras tantas que sería muy difícil ponerlas en orden.
Puede ser primero un jugo de naranjas y la señora que vive cerca de mi casa.
Entre las cosas que no me gustaron y que no me gustarán nunca son los accidentes. Nos tenemos que reír mucho.
Ahora me agarro el pelo y me doy cuenta que cada día se me cae uno del pelo negro.
Los accidentes gravísimos que pueden ser como el resbalar después de pisar una cáscara de cambur, esos deben ser los accidentes más tremendos.
El otro día estaba hablando de los viajes y de los paseos. Para mí no hay paseo más lindo que es ese que uno hace cuando se levanta temprano y va al mercado cargado de bolsas vacías y regresa lleno de frutas y hortalizas, lleno de soles en el otro lado del mundo.
Son una maravilla las verduras, las frutas.
Estos paseos son lindos hasta en un día de eclipse. Es ver el color que toma la lechuga cuando se le mira con un vidrio ahumado. Todas las cosas que se miran allí tienen un color tremendo. El sol mismo, la luz, es una luz especial. La noche y el día.
Me han impresionado mucho los narradores, los romancistas, los narradores de crímenes. Está el poeta del crimen pasional, y del crimen inmediatamente sale el romance. Romance de ciegos, y eso se encuentra todavía en el norte del Brasil.
Yo recuerdo de un crimen muy famoso:

EL CRIMEN DE LA MALETA

Un matrimonio y la amante del marido.
Entonces la amante del marido, le pide al marido, que tiene que matar a la mujer y hacerla desaparecer, porque no podían ser felices los dos.
Entonces el marido la mata, la corta en pedacitos, mete los restos en una maleta, sujeta la maleta con una correa y la tira al mar. Aparece la maleta. Se descubre el crimen. Inmediatamente todos los periódicos narran el asesinato. Es cuando aparece con la crónica del diario, aparece el romance. Cuatro hojas que se venden en las plazas, en el mercado, en las calles. Entonces, el poeta cuenta el crimen. Y en una parte que me recuerdo de memoria, que para mí es una de las cosas más bellas, más poéticas y con más fuerza dramática que he leído nunca, dice así:

“Ella con voz dulce y tierna
mandó a cortarle una pierna
y luego un brazo después”

Esto ocurrió hace mucho tiempo, alrededor de diez o quince años. Estos son romances populares de la calle. Hice una prueba el otro día. Yo tomé un periódico. Estoy sentado. El periódico trae una noticia a página entera, o sea, un titular
SEPTUAGENARIO CON TREINTA Y NUEVE HIJOS HACE MATAR A JOVEN AMANTE DE SU CONCUBINA
El asunto es el siguiente. Es un hombre que descubre que su concubina, una muchacha de dieciséis años tiene por amante a un joven de veinte años, que a veces, suele beber con el viejo, y no solamente eso sino que el viejo lo ayuda económicamente. El viejo descubre que la muchacha lo viste, le da para zapatos. El viejo planea el crimen y lo hace matar con un sobrino y un empleado suyo.
Después de contar la narración del Septuagenario, de contar los pormenores del crimen, dice el cronista con una gran frialdad, que el termina preguntándole al anciano: ¿si está arrepentido?. Y el anciano contesta así:
-Jamas, soy sobretodo un hombre, y puedo asegurarle a usted que ninguna de mis mujeres que suman alrededor de cien, han hecho esto. Si volviera a nacer otra vez, si volviera a nacer diez veces, y volviera a ocurrirme esto, volvería a matarlo porque soy un hombre.-
A mí se me ocurrió tomar una tijera, cortar, pegar la página del periódico en un papel, y hacer dos líneas para el encabezamiento que decía así:
El hombre está sentado en un sillón, abre el periódico y lee.
Transcribo completamente la crónica y al final dos líneas que dice así:
Esto podía ser un cuento. El hombre cierra el periódico.
Ocurre que uno es un gran ladrón de las cosas. Un ladrón que ve, que escucha. ¿Qué es uno? Son dos ojos, dos orejas. Vive mirando, escuchando, gozando. No solamente lo que está mirando, sino lo que a veces cree escuchar que están hablando.
Por ejemplo. Cruzo la plaza que está cerca de aquí al frente de la iglesia. Y ahí están sentados en un banco, una muchachita con unas muñecas. Hay un anciano al lado de la muchachita. ¿Qué anoto yo, qué me sugiere esto?
El anciano le dice a la niña, es hora ya de que dejes de jugar con tus muñecas, y me ames a mí, solamente a mí.

EL CORAZÓN DE VILLAFAÑE

-Seis meses de vida, coño, a un tipo que el corazón le nace todos los días.
Quisiera vivir mucho más. Yo amo la vida, yo amo la vida con estos ojos que salen de mis manos.
Vuelo y huelo. El corazón no es un hijo de puta.
Voy a morirme. La muerte, la muertecita.
Cuando vayas a mi entierro escríbeme un discurso hermoso.
La vida es maravillosa. Cuando se han vivido 65 años, y le dan seis meses que maravillosa es. Agarrás un pueblo y lo tomás para vos. Vivir.
Nazco todos los días y en cada instante voy a nacer.
Nada hasta que no sea morir tiene que desafiarme.
Trato de encontrar la vida ¿cómo es la vida?.
Hay una cosa tremenda, en qué libro te metés.
La vida es la literatura singular, en la vida no hay límites.
A este trotamundos le dicen:
-¿qué hago yo que nunca puedo dominar a estos títeres?-
-Qué hago yo que los amo-.

 

CIRCULEN CABALLEROS CIRCULEN

20 años después, la última vez que lo vi, me pidió que le consiguiera un dentista. Fuimos al consultorio. Mientras esperábamos me dijo que se encontraba allá en Buenos Aires, siempre, con el poeta Enrique Molina, en la cola de los pensionados. Y era el único viejo que saludaba, porque a Javier no le gustaba reunirse con los ancianos. Paradoja para este trotamundo que escribió varios libros sobre ancianos.  -Siempre me siento joven, porque no ando con ancianos-. En este encuentro, el año pasado, me habló del Gusto y escribió en el cuaderno de manuscritos:

Me gusta el gusto, los
olores que gustan las
narices, la lengua buscando
algas, escamas entre muslos
y sábanas, el gusto de la música,
el cine el gusto de los gustos
que yo gusto.

 

JAVIER VIERTE SU COPA EN LOS ANDES Salvador Garmendia

Cuando, hacia finales de los años sesenta, esa década atarantada y díscola, Javier Villafañe llegó a Mérida, ya este viejo andariego había descontado, que se sepa, unos sesenta años de vida. Para nosotros, sin embargo; para un grupo de escritores y artistas más o menos jóvenes, que acostumbrábamos tropezar cada momento uno con otro en la neblina que adormece y arropa esas calles, Javier estaba más bien comenzando en ese momento. Aún no había hecho otra cosas que hablar, pero ya nos tenía convencidos. Después fueron apareciendo sus libros, con lo que nuestro aprendizaje se hizo más completo.
En aquel momento, todavía no habíamos llegado a ver bien de cerca, las posibilidades que representaba el cuento breve como aproximación directa (y en mayor medida sigilosa y risueña) a la expresión poética. Tal vez, quienes aún nos comprometíamos a escribir fieles a exigencias externas  limitantes, manteníamos, por ese mismo lado, sin duda, cierta obediencia religiosa a los señalamientos de la preceptiva (ese cuento de beatas, santificadoras del precepto) por lo menos en cuanto a la separación de la poesía y el cuento. Entonces, Javier publicó, en 1969, en la editorial Monte Ávila de Caracas, La Jaula, un pequeño libro de cuentos (seguiremos usando esta denominación sólo para entendernos, superficialmente), y en ese momento todo el andamio de las reglas (y de las escuadras y de los compases de una decadente masonería literaria) se vino abajo dentro de nosotros sin ocasionar el menor ruido (acaso un solitario ¡plof! Inofensivo).
Vamos a decir que estaba por caer: muy bien; convengamos en que todos estábamos ya preparados antes para no seguir creyendo: de acuerdo. Pero Javier dio el soplo.
Los cuentos de La Jaula significaron el desconcierto, en primer lugar.

El producto cuento que circulaba para nosotros en aquellos momentos, era un producto refinadamente elaborado. Podía muy bien parecer coloquial, imitar crudamente el habla de la calle, podía parecer áspero, deslenguado y deliberadamente desaliñado en la superficie y estar cargado hasta los márgenes de la obligada protesta social; pero no dejaba de ser la aplicación de una receta literaria, cuyo producto era involuntariamente retórico y preciosista.
Por el contrario, los pequeños relatos de Javier, algunos de los cuales podían ser leídos en un par de tomas de aliento, parecían extrañamente simples, despojados de cualquier adherencia exterior, como si hubieses sido elaborados de manera inversa al procedimiento habitual; suprimiendo, en lugar de agregar; dejando la trama al desnudo (la trama del tejido verbal); conservando la rama viva, casi descortezada.
Las aguas, pues, se habían mezclado; los géneros se confundían. El lenguaje estaba y no estaba; se evadía con una pirueta; se reía del ceño fruncido en la cara del lector exigente, al decir, pero esto es demasiado simple, es demasiado fácil; así como el tonto relincha delante de unos trazos de Picasso: esta raya también puedo hacerla yo, y me queda igual.
Pero no. Era enormemente difícil. Era como haber encontrado la exactitud de la palabra, que consiste en poder decir dos cosas al mismo tiempo, sin variar de forma.
El poder del azar, el hallazgo de lo imprevisto, el golpe de lo derecho que se invierte, la herida frecuente del humor, de lo risible que se abre en mitad de la calle, en el café, en las habitaciones de la casa; todo esto está en el pequeño mundo de los cuentos de Javier.
Tengo ahora a la vista un ejemplar de La Jaula en la gastada edición de Monte Ávila que poseo. Sé que en cualquier momento puedo adentrarme en él, como si fuera la primera vez. Aquí mismo, en la página 29, encuentro un viejo subrayado de mi mano que es como una poética de la realidad, de la escurridiza ambición de vivir.
“Nos levantamos todas las mañanas en busca de lo imprevisto, de esa mano que nos va a golpear un hombro, que puede salir de cualquier puerta y decirnos: “Aquí está el guante, aquí los dedos”. Oye, Luis; escúchame. Vienes o te quedas. Quizás se abrió la puerta. Quizá el guante dijo: “Aquí está la mano”  Pero en el cine, que no es la vida ni el teatro, jamás aparece esa mano. Todo está controlado por una máquina, un director y empresario. Es la antimagia de la magia. Es como un traje con chaleco y un hombre adentro que sonríe. ¿Me comprendes?”

 

LOS CUENTOS DE OLIVA TORRES  Carlos Contramaestre

La misma extrañeza que sintió la señora Viemännin, cuando los hermanos Grimm le rogaron que les contase algún cuento, debe haber sentido Oliva Torres cuando el escritor Javier Villafañe le pidió a ella que le contara una de esas historias. De este contacto obtuvo resultados sorprendentes. De manera fragmentaria o global surgieron eslabones de cuentos de origen remoto, que seguramente del Viejo Mundo se fueron diseminando, evolucionando y variando sus formas con gran plasticidad, hasta llegar a nosotros, adaptándose, entremezclándose con nuevos mitos, leyendas o historias fabulosas de animales, aunque manteniendo siempre la estructura que hiciera posible su identificación como tal, en el tiempo y espacio.
Javier Villafañe, al grabar, transcribir y recoger en hermoso volumen estos cuentos, no hace otra cosas que rescatar del olvido ese territorio de sueños y realidad que a Oliva Torres le fue transmitido por su padre, hombre de gran sabiduría popular. Estos cuentos encarnan la pobreza del pueblo que se eleva, en Oliva Torres, para mantener despierta su memoria, no sólo como nostalgia de pasado, sino como consolidación de presente en proyección y reclamo histórico permanente.
Es evidente que detrás de esos hermosos cuentos de hondura popular palpitantes y frescos está la presencia de pueblos sin fronteras, con tradiciones, vivencias, sueños y sufrimientos comunes. La oralidad le da a estos cuentos una respiración nueva, un vigor y una creatividad desconocida, nada parecidos a las expresiones literarias refinadas y cultas. Lo que Javier Villafañe ha inventado con estos libros es una ingeniosa manera de eternizar la memoria colectiva de nuestro pueblo, al transmitirla y sembrarla en el corazón fantaseador de los niños. Para decirlo con otras palabras, esta bella experiencia y pretexto de investigación literaria, que comenzó como búsqueda argumental para un teatro de títeres que fuera más afín con la idiosincrasia y sensibilidad  del niño venezolano, finalmente derivó, por curiosa transmutación, en manual de fabulación o Biblia de grandes portentos para contento y alegría de los niños del continente y del mundo.

 

 

NOS VEMOS EN “LA ANDARIEGA”  

Eugenia Medina

Un día cualquiera de 1995, nos visitó en Caracas, Javier Villafañe. Grandes alegrías y constantes festejos sucedieron a la primera llamada de Javier desde el aeropuerto. No más llegar a Caracas, dimos inicio al jolgorio, todos felizmente acomodados alrededor de su opulenta y acogedora humanidad envuelta -esta vez- en un overol de pana acanalada color café, como dicen allá en el Sur.
La noche transcurría, y a medida que se aproximaba la madrugada se hacía cada vez más patente -o patético, para ser exactos- que el único auténticamente joven de la reunión, era aquél joven de ochenta y tres años llamado Javier Villafañe. Cuando el Catire, Carlos, Stefania, Eduardo y los demás invitados se daban vuelta, Javier se servía un poco más de whisky. Comió abundantemente al principio, en el medio y al final de la reunión. Jamás bostezó, jamás su atenta y azul mirada de zorro experimentado, dejó de capturar todo cuanto acontecía, y en ningún momento dejó de hacer sarcasmos. Aseguró: -No me gusta andar con viejos. No hacen más que quejarse de que les duele algo-.
Así era Javier. Era capaz de estar atento a varias conversaciones a la vez, la que él sostenía y las que surgían a su alrededor. Excepto por lo azul, su mirada era igual de penetrante, brillante y lúcida que la de Picasso.

Su ángel guardián y hermosa mujer, Luz Marina, atenta siempre al cumplimiento de los horarios, decidió que era hora de marcharse, cuando el espíritu festivo de Javier había llegado al máximo de su exaltación. Dispensaba frases ingeniosas y galantes a las mujeres bonitas, abrazaba a los amigos, apuraba con fruición el rojo vino. Al momento de despedirse, le quiso dedicar una atención especial a uno de los presentes, un investigador que había llegado de Valencia ese mismo día, y le dijo:
-¿Te puedo dar un beso?
-Por supuesto, dijo él, si es de tu agrado…
…en el culo, dijo Javier enseguida, con su musiquita argentina, y cerró la reunión en medio de la estruendosa y atónita carcajada de los presentes.
Hoy quiero imaginar que estamos en una reunión igual. No está Javier de cuerpo presente, pero está en nuestras bocas, en nuestra risa, en nuestra imaginación, en lo que tenemos de amor a la vida. Quiero decir, que en adelante el amor a la vida tendrá nombre propio. Se llamará Javier Villafañe. Celebramos y brindamos, contando sus anécdotas. El “Teuco” Castilla nos ha llamado por teléfono desde Madrid, para decirnos que Javier ha muerto. Lo escuchamos, permanecemos unos instantes en silencio, pero pronto lo reanudamos todo. Ha sido sólo un bache en la película, un salto, un pequeño corte. Los personajes continúan en escena. La obra debe proseguir, ahora con más fuerza que nunca, porque se trata de un homenaje al más rendido amante que tuvo la vida. Debemos envidiar a la vida, ciertamente. No conocimos mayor devoción, mayor entrega, mayor lealtad, que la que Javier le profesó, desde aquel 24 de junio de 1909 en que nació, allá en Buenos Aires.
Poeta, investigador, titiritero, “hizo de la vida una larga aventura, en la que se hace difícil separar al hombre de su obra”. Autor de romances, cuentos, poemas y obras para niños, Venezuela le debe una de las tareas más hermosas que se haya realizado jamás: Su recopilación de cuentos populares pertenecientes a la tradición oral, y rescatadas en sus bellos libros: Los Cuentos que me Contaron, La gallina que se volvió serpiente y Los Cuentos de Oliva Torres, entre otros, todos publicados por la Universidad de Los Andes, en Mérida, donde vivió y desarrolló una sustanciosa parte de su obra.
Sería largo y profuso relatar esa maravillosa empresa que fue la vida de Javier. Nunca dejó de crear, de producir, de asombrar. Trabajador incansable, siempre escondido tras su rotundo humor, hacía olvidar a quienes le trataban, que se hallaban frente a un hombre de profunda cultura, un escritor escondido tras un disfraz de titiritero, un sabio escondido tras su penetrante mirada.
Un día Javier partió en su carromato, “La Andariega” a batallar su única batalla, y desde entonces permanece en ella. Allí le encontraremos

 

PRUEBAS CONTRA LA EXISTENCIA DE JAVIER

 Leopoldo Castilla

Después de una meticulosa y exhaustiva investigación que comprendió desde una serie de entrevistas a magos, titiriteros, tragallamas y otras gentes de dulce vivir, pasando por los testimonios de quienes son o fueron amigos de él, personajes como Natalio Botana, periodista y escritor; Juan Pedro Ramos, poeta suicida; otros poetas como Enrique Molina, Jorge Enrique Adoum, Carlos Contramaestre, el Catire Hernández D’Jesús; Baica Dávalos que camina cerca del cielo, el novelista y siempre poeta Salvador Garmendia, o músicos como Tata Cedrón, Atahualpa Yupanqui, Omar Berruti, el Cuchi Leguizamón, hasta actores como Juan Minko, Raúl Fraire o Lautaro Marúa, sin dejar de contar con el valioso juicio bajo juramento de Enrique Wemicke, cuentista argentino, y de pintores como Liber Friedman, Carlos Alonso o Emma Ganas, todos y otros que sería innumerable nombrar que hayan vivido o tenido noticias de él: Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Federico García Lorca, Rafael Alberti, todos, repito, ratifican la sospecha de que Javier Villafañe en realidad no existe y si existe no hay un solo Javier Villafañe sino un montón de Javieres que, para confusión de cronistas como el que esto escribe, hace las cosas de un solo Villafañe. Incluso se llegó a barajar la hipótesis (en la que coinciden Wernicke y Garmendia) de que Javier Villafañe al cual se le da en fecundo y vertiginoso estilo el arte de pergeñar seres fantásticos y otras extravagancias.
A estas hipótesis hay que agregar otras como la del Jefe del Registro Civil del barrio de Almagro, en Buenos Aires, quien ante la posibilidad de que pudiera haber quedado inscrito un hombre que respondiera a tales señas en algún acta de nacimiento, contestó, con un enigmático: -Mire, Javier Villafañe nació o se crió en Almagro, no sé, pero, claro, esas cosas suceden sólo una vez, no es una costumbre de la zona- y, para reforzar las posibilidades a favor de la inverosímil existencia de ese personaje, las conclusiones sacadas por los estudiosos de los Institutos Cartográficos de una cincuentena de países que afirman que los caminos que Villafañe ha hecho no figuran en los mapas, aunque, agregan: -Por las fechas en que se estima, Javier Villafañe pasó por ciertos pueblos, notóse, posteriormente, un incremento en el desvarío de los ríos, los alumbramientos lunáticos, la proliferación de sectas desocultistas y otros fenómenos que no podríamos decir provengan de una naturaleza razonable-.
Las historias que de él se cuentan son infinitas como las grafías árabes en las mezquitas: un enorme cuento que se hila y se deshila en otros tantos innumerables episodios: Javier naufragando en una canoa en el centro de los ciento cincuenta kilómetros de ancho que tiene el Río de la Plata, aferrado a una boya con sus títeres al cuello, durante toda una noche y, luego, náufrago, llorando, contrito y más húmedo todavía, frente a la pizarra de un periódico en el que se daba noticia de su muerte. O la vez que con Wernicke le robó la bicicleta al vigilante, y el vigilante tras esperarlo horas fue a la -casa del susodicho (como diría, por entonces, en su declaración sumarial) y al penetrar el dormitorio del mismo hallólo profundamente dormido, acunando la bicicleta del infraestricto en una cuna y, habiéndosele, previamente despertado respondiome, bañado en llanto que no le quitara mi bicicleta, a lo que el infraestricto hízole hincapié de que tratábase de un vehículo de la Repartición, tomó a llorar, resistiéndose a la autoridad, abrazando el dicho vehículo y profiriendo gritos insurrectos como: ¡Yo nunca tuve una bicicleta, la policía tiene muchas, yo ninguna! Con gran escándalo del vecindario-.
O la vez que entró en un manicomio sobre un caballo blanco y rapto a una bella muchacha de sus sueños; o cuando en La Mancha que recorría en una carreta tirada con una mula llamada Montañesa (que tenía el don de reír con las funciones de títeres) contrajo enlace con la Portuguesa, dama de deliciosos hábitos del lugar que huyó del tálamo del flamante esposo al descubrir que bajo su almohada estaba la cabeza del diablo, historia esta registrada en el libro Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote. Sobre este punto es necesario acotar, respecto a Maese  Trotamundos, que es un señor de unos cincuenta y tantos años que, por arte de vaya a saber qué sutiles hechicerías se convirtió en un muñeco que anuncia las funciones de títeres del supuesto Javier Villafañe y a quien se le conocen (datos de su carta astral elaborada por la gran astróloga-arquitecto doña Dora Castro) unas desenfrenadas pasiones por una tal Genoveva de Bravante. Como vemos la coincidencia de la co-habitación en el tiempo y espacio de tantos personajes irreales revela, una vez más de la imaginería argentina tan dada a personajes de ficción como el pintor Xul Solar que inventó catorce religiones, un ciego que hacíase llamar Borges por sus propios personajes o el mismo Villafañe, a quien se le atribuyen dotes de poeta, cuentista, recolector de historias, periodista, titiritero, dramaturgo, nigromante, editor, explorador, profesor y sabio incalculable.
¿Por qué se piensa que no sería uno sino setenta Javieres o más los que cumplirían tan vasta tarea? Muy simple: porque no se puede a la vez estar dando una función de títeres a los indios en pleno corazón de Latinoamérica, recorriendo altas vastedades en el tren transiberiano, caminando La Mancha en una carreta, bebiendo vino con sus amigos en París y a la vez en Roma y en Atenas y Buenos Aires y en Venezuela, no se puede insisto, a la vez escribir libros, recoger miles de relatos, inventar centenares de historias, apocrifar la Biblia, fundar docenas de teatros por todo el continente, recibir el Premio Nacional de Literatura en la Argentina, ser declarado ciudadano ilustre de Buenos Aires y, simultáneamente, también recibir premios en España, casarse con Luz Marina Zambrano, hacer que el Rey de España le cuente el cuento más hermoso de su infancia, dar vueltas al Archivo de Indias y, como si eso fuera poco, dedicar toda la mañana a tomar mate cebado muy dueño de sí en Salta o en Zaragoza.
Es por ellos necesario, insisto, en que, si bien no es posible negar evidencias como que tal obra existe (me refiero a la multitud de libros; de teatros que interpretan sus obras; de abuelos que llevan a sus nietos a ver las obras que el tal Villafañe les representó cuando eran niños, representadas por ese mismo señor al que sólo se le reconoce por un mono verde, una cabeza con cuatro sombreros y una gran barba blanca), es necesario, insisto, en que se de fin a esta fábula. Definitivamente: el señor Javier Villafañe no existió nunca. Por eso como Carlos Gardel, cada día existe mejor.

EL GUIGNOL DE LA CUCARACHA Luis Alberto Crespo

Javier Villafañe, tan peninsular de apellido, tan nada de sureño, tan sin yo (y eso que provenía del país de la arrogancia), usaba bragas y andaba a pie, como Baica Dávalos, otro de allá abajo, pero de Salta, pero humanísimamente caballudo, también de a pie, que iba de paso para México en busca de Malcolm Lowry cuando se quedó para toda la vida en los bares de la Sabana Grande de los setenta.
Y no sólo usaba bragas, ropa de latonero: hacía maromas con las manos para escribir escritura insólita en cuentos y en poesía y para mover morisquetas por los pueblos de aquí y de La Mancha, asombrando a los niños y a todo aquel capaz de haber aún mantenencia con la pureza, seguido desde Cuenca a Carrascosa del Campo por el viejo Baica que digo, quien destapaba botellas de vino unos pasos más atrás para alumbrar el camino.
Era carnívoro. En el jardín de Juan Sánchez Peláez dio pruebas de maestría pampera chisporroteando unas paletas de becerro mientras Juan aspiraba un cigarrillo ilusorio entre las malangas y los primeros mangos de Semana Santa, whisky mediante, poesía de por medio. Y el caballo Baica daba manotazos a un vaso lleno de áspero tinto de damajuana.
Fue esa noche, con tufo a carbón y a inquisición, cuando Villafañe movió sus palabras como si cada vocablo fuera un títere para hablar -un Cioran avant la lettre- de la crueldad humana así: tomó del imaginario una cucaracha, la deslizó bajo el dintel de una celda donde un condenado a muerte dormitaba. La cucaracha hizo lo mismo. El hombre la observó y se dijo: “al menos tengo compañía, no estoy totalmente desamparado”. Y se mostró contento. La misma escena se produjo al anochecer siguiente: la cucaracha surgió de lo invisible y vino al encuentro de su compañero. ¿Será la misma de anoche y de antenoche?, se preguntó el hombre. Y para disipar la duda arrancó una de sus patas. De esa manera podría distinguirla de cualquier otra.
La cucaracha no volvió más.
La muerte, la vida, es lo mismo. ¿No es así terrible y dulce viejo de ojos azules?

 

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