[22] Jorge Luis BORGES

Jorge Luis Borges

Conversación
                                                             Enrique Hernández-D’Jesús 

            Ojos e imágenes del genial porteño a través de una larga travesía por el lente inimitable del sueño y de la realidad.
Mientras mi pasión recorre una región llena de caballos, pajarracas de blanco delantal, de leña ardiendo y delirio permanente, en otro mundo, sonámbulo en el espejo de Carrol, un hombre llamado Jorge Luis Borges detiene el tiempo para que no cese de maravillarnos esa desnudez atravesada en el alma. Yo soy uno de los espectadores, y de los más tímidos, pero las fotografías, que trabajé para recrear a este señor en el mundo de un cuarto oscuro de revelaciones, son y serán una de mis brújulas del siglo XX.
En cualquier sitio que ocupamos en el planeta Tierra, en cualquiera de las latitudes, en los puntos cardinales, sobre todo en el norte-sur, donde nunca se detiene el amor, allí estaremos los viejos que nunca se cansan de morir.
Ya lo saben, esta máquina o cámara o alma o sensación es como mi propio cuerpo en un “spleen” rotundamente borgiano. Se convierte, a veces, en una prolongación de la cotidiana ocupación de vivir, lo cual, amigos míos, es parte, según Rilke o Einstein, de una memoria irreversible.

Stefania Mosca dice sobre este trabajo:

La propuesta de Hernández-D’Jesús congrega varias experiencias, concentra en el espacio el objeto recobrado, la imagen de la ausencia, el mito, Borges y los brazos de la Beatriz Viterbo que jamás conoció, Borges y los rostros de Borges que aparecen en el frasco en frascos que conforman conjuntos de cajas, que componen historias, fijaciones, que elaboran una plasticidad de lo traslucido, del color. Hierbas, manjares, restos de collares, semillas, loterías, ticketts de trenes olvidados, muñecos, elaboran una plástica sorpresiva y compacta de lo recurrente, de lo seriado. Almacén de imágenes, de celebraciones del poeta, del gran hacedor. La composición de estas cajas esboza una propuesta fotográfica que, instalada, ocupa un espacio en la realidad, un volumen, un sentido complejo, compacto, enfrascado, cerrado en vidrios que convierten a esa realidad –esas imágenes, esos objetos– en el más allá del espejo de Alicia. El Otro Lado, lo perdido.
En el caso de Borges, el fetiche incorporado como motivo al conjunto de la imagen enfrascada no es una asociación arbitraria.  Es la consecuencia de un trabajo que se inició con el tema de los muñecos, se concentró en la imagen erótica y ahora culmina en la búsqueda de asociar el retrato con el fetiche propiamente tapado, creando coloraturas que buscan una estética de la instalación y los retratos del célebre escritor argentino que ya cumplió más de cien años de haber nacido y será, sin duda, una de las voces más genuinas de la literatura del siglo XX. Probablemente, reinará junto con Kafka, Proust y Djuna Barnes y permanecerá entre los lomos silentes de la vasta biblioteca perpetuada en muchos de sus relatos.
Los rostros de Borges que componen estas instalaciones no dejan de estar vinculados al gusto y constituyen una forma de celebrar totalmente la voz propia, cuya Arte Poética se propone: 

                                                             “Convertir el ultraje de los años
                                                                 en una música, un rumor y un símbolo…”

 

Estos versos celebran la palabra incontenible que fluye en la memoria de Borges. Igual que en Homero, la ceguera encarna un estado que permite acceder a las profundas visiones de lo humano. Instintos convertidos en el ultraje de los años, laberintos y posiciones arbitrarias, estremecedoras como toda su “literatura fantástica” ¿Símbolos? Claro que símbolos y “ficciones”:  un germanista que se apropia del tiempo de Buenos Aires, el “Hombre de la esquina rosada” con sus “milagrosos secretos”, “el Otro, el Mismo”, «las ruinas circulares”… No ama a Gardel porque es de Toulouse, pero él, Jorge Luis, es más de Toulouse que Gardel. Quien ya no ve vino a “ver” el coleo, escuchar el ruido de la caída del toro.

Antes de comenzar esta conversación, el actor alemán Rolf Gunther, en el pasillo de Macondo, interpretó fragmentos del Fausto, de Goethe. Se sentía la emoción de Borges. Ahora estábamos sentados alrededor de una mesa, en el jardín de la casa. En el plato de Borges, un pedazo de pollo preparado especialmente para él.
– ¿Puedes acomodarme el bastón en algún lugar? –me pide Borges de pronto, y, vaya a saber por qué, agrega–: El águila que tiene el bastón de Lousiana es el águila americana…
Y de nuevo se sume en sus laberintos, en la persistente sorpresa el alucinado, en el candor de la palabra con humor, muchas veces llena de ironía.
–Nuestro tema bien podría ser el bastón –le digo– pero mejor es que hablemos sobre el gusto, sobre los sabores, sobre las comidas…
Y le recuerdo que a él lo que le gusta es el arroz con manteca…
– En cuanto al paladar –confiesa el autor de El Aleph–. Al cabo de tantos años, estoy descubriendo que los sabores pueden ser una felicidad, un placer… Eso no lo sabía antes, lo he descubierto en Venezuela. Estaba esperando los sabores.
–Nosotros, los venezolanos –le advierto–, y desafortunadamente, sólo  conocemos dos sabores, lo salado y lo dulce, pero existen otros: el ácido, el amargo, el agrio, el simple…
–No –me responde–, eso es demasiado abstracto, porque cada sabor es singular, está más allá de la dulzura..
–¿Qué dulzura? ¿La del corazón? ¿La de la vida?
–Claro… Como yo soy un individualista, de sangre inglesa, yo creo en los individuos y no en las relaciones, en los hombres y no en la humanidad… A cada sabor lo veo más allá de lo ácido, de lo dulce, de lo amargo… Cada sabor es único.

–¿Cuál ha sido el plato predilecto de Borges? –le pregunto.
–Yo creo que el arroz con manteca y queso –contesta Borges, como si Borges fuese el Otro–, y el dulce de leche… El dulce de tomate, también.
–¿Sabes cómo se preparan estos platos?
–Yo no sé cómo se preparan, soy muy ignorante. Quizás María sepa. Yo sé que el dulce de leche se hace con leche, con azúcar y con bicarbonato, para que se mantenga más tiempo. Y se hace con leche de vaca; no de cabra, como en México, que es horrible…
–Y en tu infancia, los platos que preparaba tu madre… ¿Los recuerdas?
– No, ella no sabía cocinar, no preparaba nada –y Borges hace un gesto para ilustrar «la nada»–. Bueno, cuando yo era chico, era muy pobre la comida en Buenos Aires, las pastas italianas no habían llegado todavía. Se comía carne tres veces al día.
– Claro, la Argentina es un país de carnívoros…
– Ahora no, está muy cara la carne. Estamos hartos de carne, a ningún argentino le gusta la carne –Borges se muestra rotundo–. Los de mi generación comíamos carne tres veces al día. Puchero todas las mañanas, al mediodía un bife y por las noches un churrasco y después milanesa. Más tarde, hacia 1910, vinieron las pastas italianas, descubrimos los ravioles, los ñoquis, que son ahora la comida nacional. Antes, los domingos se comía puchero de gallina o empanadas. Ahora están los ravioles, que se han convertido en una nueva tradición, porque son muy ricos…
–Es una influencia de los italianos…
– Sí, que para nosotros ha sido una excelente influencia –Borges pasa a otro tema–. La Argentina ha tenido algunos privilegios, que no ha sabido aprovechar: una fuerte clase media, que es la clase más importante, y una fuerte inmigración extranjera, que ha aumentado mucho últimamente. Hay muchos armenios, libaneses, japoneses, una buena inmigración judía, y en los años anteriores, ingleses, alemanes, franceses, siempre gente culta. En cambio, la inmigración española o italiana no. Muchos de ellos han aprendido el castellano en Buenos Aires. Llegaron hablando, yo no sé, gallego, o lo que fuera, eran dialectos.
– ¿Tanto extranjero no generaba conflictos?

– Problemas raciales no había, porque matamos a los indios y los negros se murieron… La guerra con el indio fue despiadada… Cuando yo era chico, eran muy frecuentes los negros; ahora ya no quedan –y Borges agrega sin ningún desparpajo–: Mi familia era pobre, de modo que sólo teníamos cinco o seis esclavos nada más. La gente rica tenía más. Los esclavos creían que eran autóctonos, no sabían que los habían traído del África. En realidad, el negro es tan criollo como el blanco, o como el gaucho, que es de sangre blanca.
– No deja de ser extraño…
–Hubo un regimiento que comandó mi tío bisabuelo, el general Soler, y se llamaba el Regimiento Nº 6 de Pardos y Morenos. Hubiera debido llamarse «de Mulatos y Negros», pero, para no ofenderlos, les pusieron «Pardos y Morenos»… Estos soldados se distinguieron en la batalla del Cerrito, ahí, en Montevideo. Eran excelentes soldados de infantería, porque no eran gente de campo, sino cocineros, mucamos.
– ¿Ese Borges era el mismo tío abuelo que peleó en la batalla de Junín?
– No, no, no, ése era mi tío bisabuelo, el coronel Suárez, que fue soldado de Bolívar y comandó una carga de batería peruana en la pampa de Junín, en el año, caramba, creo que en 1826 –Borges se pasea por la historia argentina como por su casa–. Porque é1 había nacido en el 99 y tenía 27 años, y era primo de Rosas, pero con Rosas no se avino, porque era unitario…

 

– Y el personaje de “El hombre de la esquina rosada” –intento volver a la gastronomía– ¿qué comía?
– Yo no lo sé… –Borges hace un gesto como de inocencia– Comería carne, como todos nosotros, y matearía, desde luego. Mucho mate. En cambio, el mate ha desaparecido de Buenos Aires. Por ejemplo, María Kodama no lo ha visto nunca. No es que no lo conoce. Bueno, en casa ha visto el mate de plata que mi bisabuelo Suárez trajo del Perú. Es el único mate que ha visto en su vida. El café, el chocolate, el té, sí los conoce… ¿Y los llaneros qué toman aquí? Café ¿no?
– Los llaneros toman café, pero un café aguarapado. Mejor dicho –le explico–, lo toman de dos maneras: en la mañana, un café fuerte, que ellos llaman «serrero». Y después, en el transcurso del día, toman «café aguarapado».
– A lo mejor, ahora, con suerte, me sirven arroz con manteca con un poquito de queso…
Borges, como un niño, esboza una sonrisa de pícaro, pero María Kodama le recuerda qué no puede ahora comer arroz con manteca. Yo intento distraerlo de su plato preferido pero vetado por los médicos:
– Borges… ¿y no te gustan la cebolla y el ajo?
– No, no soy ni norteamericano ni español.
– A propósito, Borges, ¿qué impresión te da Venezuela en las pocas horas que estás aquí?
– Por ahora excelente, pero no sé si tengo derecho a hablar de ello. Van sólo dos o tres horas en Venezuela…
– Pero, fíjate Borges, tú hablabas que Bioy Casares, en una oportunidad, te había hecho referencias sobre el llanero venezolano comparándolo con el gaucho.
– Bioy no me ha dicho nada de eso –la voz de Borges adquiere un ligero tono contrariado–. Todo lo contrario, voy a sacar un libro contra los gauchos, diciendo que los gauchos son pequeños comerciantes.
– Dicen que te viniste a Venezuela para presenciar una coleada de toros.
– El coleo no es conocido en mi país. Bioy me dijo que ningún jinete podía hacer eso. Hasta algunos jinetes uruguayos me dijeron que era imposible, salvo que sean novillos, y aun así es muy difícil…
Jorge Luis Borges afronta el tema del coleo como una faceta más de ese universo de misterios que lo rodea. Opto, entonces, por recurrir a la autoridad que tengo más a mano y lo sumo a la charla.

– Borges, Luis Alberto Crespo conoce mucho el llano, tiene varios caballos en Guardatinajas y ha visto toros coleados…
– Aquí –interviene Crespo–, los toros coleados son un rito. Los sábados y domingos, en todos los pueblos de los llanos de Venezuela, hay toros coleados. Es impresionante la violencia, la belleza que se ve. Creo que Venezuela y México son los únicos países que practican el coleo.
– Yo no lo sabía… – le dice Borges a Crespo– ¿Y Colombia no?
– No, el coleo, eso de tumbar una res corriendo con el caballo, es muy venezolano… Dicen que el primero que lo practicó fue el mismísimo general José Antonio Páez…
– Algo así leí en un libro sobre Páez… – Borges guarda silencio y rastrea en su memoria, donde de golpe irrumpen otras pasiones– Llanero, qué linda palabra. Se aplicaba a los riojanos, a los hombres de Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos… Eran muy buenos jinetes. Yo creo que, en general, el jinete de montaña es superior al de llanura. Un sobrino mío me dijo que, en Tucumán, los jinetes son mucho más diestros que los de la pampa, porque tienen que trepar montañas cubiertas de bosques espinosos. Fíjense qué curioso: los jinetes uruguayos son mejores que los argentinos, porque la llanura oriental está mechada de cuchillas, serranías…

 

De pronto, como en uno de sus escenarios circulares, Jorge Luis Borges regresa a los temas gastronómicos. Oírlo hablar es como dejarse llevar por la lectura de sus textos.
Pero no sólo los jinetes son disímiles –dice–. También un toro de la llanura y un toro de la montaña son diferentes… Sus carnes son muy distintas: la de la montaña, es mucho más dura, porque los animales suben y bajan los cerros.
De algún lugar impreciso llega el eco de un tango, como un murmullo… Borges se sorprende y no espera ninguna pregunta para hablar del dos por cuatro… El tango es también parte de su alimentación, la que nutre una mitología tan rica como controvertida:
– Cuando yo era chico –evoca Borges–, en cada esquina había alguien templando una guitarra… El piano, la flauta y el violín, los hacedores del primer tango, no eran instrumentos populares. Seamos sinceros: al tango lo impuso la aristocracia. El pueblo nunca lo aceptó, las mujeres no querían bailarlo. Yo vi parejas de hombres bailando tango en las calles, y las mujeres no querían hacerlo, lo veían como un baile de prostitutas. Las letras era muy obscenas y las figuras muy extrañas, como figuras de coito. En París lo hicieron melancólico, lo volvieron lento. Quien se encargó de transformarlo fue uno que se llamó Carlos Gardel. Claro, é1 era de Toulouse y no quiso ser nunca ciudadano argentino. Tenía razón: era francés y no quería renunciar a su patria. A é1 personalmente no le gustaba el tango, sino la música de campo, pero le dijeron que podía tener éxito con el tango y se resignó.
– Pero ¿tú eres gardeliano, Borges?
–No –Borges enfatiza su negativa para dejar en claro que es rotunda, inapelable–, no, de ninguna manera, yo no.
– Si no me equivoco, más que tanguero, eres milonguero…
– Bueno, sí, más bien sí. Yo hubiera podido oírlo a Gardel en persona… Recuerdo que con un amigo fuimos a ver un film de gangsters. Después de la película él cantaba, pero nos fuimos antes: a ese maricón de Gardel ni quisimos escucharlo… De modo que yo no lo vi nunca. En disco sí lo escuché.
– ¿Y cuál es el músico tanguero que más te interesa?
– Yo no entiendo nada de eso –la voz de Borges baja de tono, como si fuese a revelar un secreto–. A mí alguien, cuyo nombre no recuerdo, me dijo si quería escribir una milonga y yo recordé a un hombre al que lo habían matado a puñaladas. Así nació la «Milonga de Jacinto Chiclana»… Tengo un libro entero de milongas, “Para las Seis Cuerdas”, que son las cuerdas de la guitarra.

 

…Siempre el coraje es mejor,
la esperanza nunca es vana;
vaya pues esta milonga
para Jacinto Chiclana…”

 

¿Y los payadores, Borges?
Payadores he conocido muchos… Cantaban sin alzar la voz, casi en voz baja. Y la música era muy monótona… Pero, durante cinco o seis horas y a veces más, podían improvisar versos disparatados, hasta que se cansaban… Estaba la payada de contrapunto, que era como un duelo, aunque con muy buenos modos. Eso sí, era todo disparatado. Recuerdo que entré a un almacén de Buenos Aires con un amigo mío y lo saludó un payador que estaba allí con este disparate:

 

“Siéntese con eminencia
en el sillón soberano:
si se sienta su presencia,
se habrá sentado lo humano.”

No dice nada, absolutamente nada, pero qué importa: a la gente le interesa la forma y no el fondo. Seguro que aquí hacen lo mismo en el llano y también con guitarra…
– Lo hacen con otro instrumento llamado el cuatro…
– ¿El cuatro? –se sorprende Borges– ¿Se parece a la guitarra?
– Es un instrumento de cuatro cuerdas –le respondemos casi al unísimo Crespo y yo–, es más pequeño que la guitarra…
– ¿Y la guitarra eléctrica qué es?– nos soprende Borges.
– La guitarra normal tiene su caja sonora, mientras que la guitarra eléctrica es plana– responde Crespo.
– Y es por la electricidad que las cuerdas producen el sonido, digamos que un sonido más ruidoso, más moderno…– respondo yo.
– En el sentido más melancólico de la palabra «moderno»… – Borges parece entristecerse, y agrega:– ¿Y la forma es igual?
– Su forma es más moderna…– titubeamos Crespo y yo.
¿Qué quiere decir «moderno»? – ahora Borges parece pasar de la tristeza al enfado– ¿Es más grande o más chica?
– No, es por el diseño… Ahora las hacen con otros materiales, son más refinadas, brillantes… Y es más fuerte el sonido. Las fabrican en Japón o en Estados Unidos…
– Los japoneses son mejores artesanos que los norteamericanos… –sentencia Borges, pero aclara–: en el sentido estético… Yo estuve cinco semanas en Japón y me decía: caramba, soy un bárbaro y estoy en un país civilizado…
– Insisto, Borges –le digo yo, como decidido a sentarlo de nuevo en la mesa del buen comer–, ¿cómo es que un argentino como tú esté comiendo pollo en vez de carne?
– No creo que a los argentinos les guste tanto la carne. Yo quise ser vegetariano, pero no pude. Es horrible alimentarse de cadáveres… Los argentinos se resignan a comer carne. Nos educaron así. En Buenos Aires, lo más caro que hay es la carne. Más barato es el pollo, el pavo…
¿Y el conejo?– saco el conejo de la galera, como para sorprenderlo.
Es muy raro comer conejo en Buenos Aires… –evidentemente, Borges siempre termina por sorprendernos a todos–. Lo que he comido es nutria, en Santa Fe. La de las nutrias es una carne un poco fuerte, pobrecitas.
– El conejo, en cambio, es muy sabroso, parecido al pollo…
– Entonces –Borges sonríe como un niño que se sale con la suya–, ¿qué tal si sigo comiendo el pollo?

 

 

 

 

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