[17] Luis Camilo GUEVARA

Luis Camilo GUEVARA

                                                  Enrique Hernández-D’Jesús

LOS CONFINES Y LA INTUICIÓN EN
LUIS CAMILO GUEVARA

Luis Camilo nació en Tucupita, un caño del Orinoco. Para los poetas que conocen sus aguas es la temperancia de los vientos. Su padre fue un navegante en el mar Caribe y en el río más grande de América. Por eso su poesía trata el tema de los ríos, es un hilo de agua de río. Saltos mortales. Malabarismos eróticos, como bien lo han hecho las cartas de amor. Es un poeta romántico, en el mejor sentido del romanticismo, en el mejor sentido de la palabra. Toca el paisaje exterior en estado total de embriaguez, la palabra como espectáculo y éxtasis, con toda una precisión de sentimientos que acompañan al poeta desde su infancia. La evocación permanente de su Delta es memoria afectiva, y en el sueño total, la palabra desde lo más iniciático, desde lo más salvaje y puro. 

El poeta crea un lenguaje de significaciones luminosas, de selvas coloreadas por un niño en la soledad, de obsesiones con los conflictos extraordinarios, vale decir, con los conflictos, hondamente, en el fondo mismo del miedo, en el fondo mismo del zozobrar. Luis Camilo confronta sus fantasmas con una mitología fielmente insospechada, pero fielmente individual. Fantasmas fragmentados en todas las claves de la irrealidad, en todas las claves del solitario siempre sorprendido por las formas infinitas de la ternura. En algún mito Makiritare podría estar escrito: En todo caso si una Coneja se resiste, no importa. Insista. Léale poemas de Rilke, de D.H. Lawrence, de Hölderlin, o este de Luis Camilo Guevara:

 

«…Héme dócil como el Conejo
esquivando rituales agoreros
como para no ausentarme
definitivamente
de la tierra
¡Oh sol!
nos hemos tocado un poco
y nada nos permite cambiar
los únicos modales que tenemos»

Lo importante es por el poema amatorio o exótico.

El mismo se sorprende de sus propias palabras, como un niño, como el más inocente de los inocentes. Otro inocente. Mucha lucidez, inútil para todo. Un poeta útil entra en contradicción consigo mismo. El poeta debe estar en el ocio creador. Ocio en el sentido de vitalidad, de ambrosía, en un sentido absoluto. El poeta cuenta las historias: inexplicables, comprensibles, inventadas, de todas las maneras, y alguien las entiende y le busca de compañía de ruta creando una pareja amatoria, errante, llena de miserias y grandezas, pese a quien le pese. Además ya viene condenado de antemano. El origen está en todo, en el comienzo, en el fin y en el medio. Y no es sólo el atravesado por un rayo de sol en medio de la tierra. Luis Camilo está atravesado por la inmensidad de su territorio, por la abundancia de su naturaleza, por el gran río, pureza y claridad, relámpagos vertiginosos, fundadores de sus temores, miedos, perturbaciones en un mundo de redes perversas, de laberintos atractivos, de floras y con la realidad navegante del sueño. Su actitud verdadera es la obsesión. Obsesivo en el discurso poético, obsesivo hasta la médula como se lo dijo el Chino Valera Mora. Pero más que eso es un desolado, sus poemas vienen de La Torre abolida, de la sombra y sus obstáculos, de la intensidad y profundidad del dolor, simplemente de la clarividencia en el carruaje recurrente de la última imagen. Es una semejanza con la palabra, una estética perversa y mística. De tanteos, deseos terrenales, embriagueces visibles de la imaginación. En estos estados, el poeta se acoge al vínculo secreto de originar en el espacio, explosiones, malabarismos, saltos mortales. Así lo vi desde la primera noche que lo conocí en la Plaza Venezuela, cuando era joven y llegaba de Mérida, y él me esperaba junto al apasionado jugador de caballos Alberto Patiño. Conocí la palabra de Luis Camilo. Y desde ese entonces hasta el momento hemos estado juntos en muchas aventuras de la vida, en muchas locuras que nos han servido para crecer, solamente algunas partes, porque las esenciales todavía permanecen en sus mismas trincheras. Luis Camilo ha sido un ejemplo de sobriedad, de desmesuras, ingenuidad constante y derrochadora. Pero salgamos de la anécdota personal. Entremos a la desembocadura del Orinoco, imaginemos a Luis Camilo de niño, nadando entre sus aguas, corriendo por sus bosques, esos elementos lluviosos que ha podido conjugar Soto en sus penetrables, selvas densas, imágenes con la fuerza y conciencia de la más alta inspiración chamánica, en la más alta expresión de los orígenes, con la mirada en la mujer vegetal, muy bien lograda por Mario Abreu. Estos signos obedecen a la angustia contenida durante muchos siglos, y Luis Camilo sigue siendo el eco junto a Alejandro Otero, José Balza, Gustavo Pereira, Humberto Mata, Luis García Morales. Qué paradoja si nombrase a Alfredo Silva Estrada, Caupolicán Ovalles, Salvador Garmendia, Teófilo Tortolero y Victor Valera Mora. Y aún más en la mezcla de Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez y Ramón Palomares. Y si buscáramos recompensas para saber que otros se han sentado a su ambición deslumbrante no hay que olvidar a José Barroeta, Irma Salas, Francisco Pérez Perdomo, Carlos Noguera, Stefania Mosca y Luis Alberto Crespo, a este último visto, jinete en pelo, cruzar un espejismo de llanuras donde la Resolana parece tan fuerte como su nombre verdadero: Moro por el vendaval. Y las canciones de Ángel Eduardo Acevedo, tierra adentro, aplacan todos los miedos que, por los alrededores de la Rubiera parecen fantasmas del siglo XX. Allí está Mario Abreu, listo para lanzar un ataque a fondo con el hijo de Mandrake, su más tranquilo compañero. Y aquí se mezcla la magia, se mezcla con lo que los románticos llamaban magia y sueño, como justificación de estar todo el tiempo en la infancia. Claro, son los poetas malditos. La infancia en el poeta es parte total de sus penumbras, del horizonte en diálogo con la experiencia poética.

Un día le pregunté al poeta Luis Camilo: cómo es EL MOVIMIENTO EN EL ESPACIO y él dijo:

La misma ave que cruza el Paraíso se convierte, por destreza y causalidad de su propio desplazamiento, en el espejo irreversible de una errancia a horcajadas del tiempo del hombre, de ese hombre que es, o que vendrá a ser, un obsesivo deseo por recorrerlo todo, absolutamente todo.

Si nos imaginamos la quietud permanente, el no suceder, la mortal serenidad, resultaría pavoroso cualquier presentimiento. Desde sucumbir en la soledad hasta la desaparición total del olvido, y ya que hablamos del hombre es necesario, incluyendo lo desconocido, atribuirle cierta capacidad para sobrevivir más allá incluso de su desesperación. Por eso, él ha inventado un desarraigo, una pasión, una aventura.

De todas maneras, lo importante reside en adivinar el sentido de lo que existe y de lo que se piensa. Sin premonición, no hay cielo que valga. Hallemos en la metáfora del vuelo más que un indicio alentador, la persistencia acabada del sueño. A través de esa mitología -sin excluir la pesadilla que, repentinamente pudiera adquirir categoría individual- podemos reconstruir cada instante del devenir que pasa, o está pasando. Siempre estamos hablando de lo que no se detiene, de lo irreversible, de la hoja desprendida alejándose cada vez más.

Pero, ¿estamos en el espacio o somos el espacio?. Nadie duda de la temeridad que resultaría perderse en uno mismo, no encontrar ni siquiera la huella del predecesor, es decir, sentirse íngrimo por siempre. Eso no es lo que está allí, precisamente enfrente, iluminando las calendas del vivir.

Otro día le pregunté: Cómo es el gusto para el poeta:

 

El gusto es saborear lo amado, lo que está en la piel, lo que sale de la piel, es como entrever el sueño a través de una rendija por donde asoma el mismo sueño su forma eterna. El gusto, entonces, mi querido poeta, es seguir la huella del paso que damos sobre la tierra.

Si reconocemos que al principio, mientras ella no existía, fuimos tan desesperadamente tristes, tampoco el gusto parecía posible encontrarlo. La rama apareció y adivinó la centelleante esperanza del amor que abrió el inmenso sabor del mundo. Por eso, ella retoma el espacio de lo bienamado, de lo fortuito, de lo que nace adherido a la piel como un beso muy largo.

 

En esta penumbra de la selva vemos la claridad eterna en el original milagro de la naturaleza. Lo abundante es luz, lo barroco, excesivo, despierta el espíritu y su propio destino, en su propia fuerza de árboles, ramas, animales feroces, flores maravillosas, túneles, donde los confines sorprenden la intuición. La realidad del inconsciente recurre a los mitos indígenas, mezclados con los negros y los buscadores de oro de distintas nacionalidades. Es una hibridez que nace precisamente de los pisatarios originales con estos soñadores o aventureros. Estos abismos han creado un sinfín de historias, de aventuras, de venganzas, de sueños, de ilusiones y de ideas, donde el asombro triunfa siempre por encima de la realidad:

Cuando desfallecía por deslumbramientos
de mis menudencias rurales
ya era un desatado perverso que andaba por la villa
buscando ojos de caballo alazán
muralla de piedras donde lanzar mi catapulta heroica
granja donde corromper
a la muchacha del cabello siempre revuelto
y que lucía con demasiada frecuencia su vestido rojo

Grandes eran mis flechas y mi destreza para aniquilar
el sonido de los pájaros más bellos
De mi astucia guardan rencor las alimañas venenosas
y los padres de las niñas que me entusiasmaron
doy fe de mi diario perdido
y de la hermosa prenda que me fue timada por los acreedores
Algún compañero puede testimoniar
y sólo a él ha de creérsele sobre mis felonías

Vemos como para el poeta la felonía y el caimán es el tótem que viene desde el diluvio en el Arca de Noé y por decreto del Almirante también en los caños del Delta, lamiendo las ásperas callosidades de las lavanderas, de nuestros Caciques almados y afiebrados por las tempestades, por los chubascos de las grandes inundaciones y donde el sol no es sino un pedazo de milagro donde revolotean toda clase de insectos, donde la humedad se impone como relación humana desde el principio. La estela que el barco deja sobre las aguas se convierte en olor original, salvaje, místico. El poeta viene de las aguas y salta al inhóspito territorio donde las casas son construcciones eminentemente oníricas, fastuosas como lo que sentimos al descubrir cada día. Un día que comienza con la faena de montar al caballo sobre el barco y llevarlo más allá de nuestras fronteras. El charco, el río y luego el mar se funden en un espléndido acontecer. La miseria humana desaparecía tras los encandilamientos del gran suceso, ese espejo de todos los días.

Hay una relación mágica que lo conmueve cuando la recuerda: los ojos de la primera muchacha que se vuelven eternos, fijos, totales y desde donde el equilibrio del mundo se mantiene. Esos ojos no pasan. Todo existe en los ojos de las iguanas, de los perros de agua, de las lagartijas, de los gusanos de seda, de los alacranes y de los pájaros. Así como el ojo de la flecha que cautiva amaneceres, que atraviesa el corazón siempre del poeta y de la selva. ¿No es cierto que el moriche, absolutamente hechizado de su vanidad posee un encanto para la tristeza?.

Al poeta las toninas le pasaban por el frente de su casa y él las veía desaparecer en un ejercicio sensual sin tanto encubrimiento. El sexo se metía por una rendija especialmente delicada de donde provenía el torrente exuberante de la naturaleza, cuando la piel se vuelve tócame y resucita.

El acontecimiento de las lluvias tardaría poco en aparecer. Luis Camilo se aferró al espacio y al tiempo de sus primeros amores, es decir, el tiempo de la aurora, el de los caminos de café, el gran lagar donde fantasean las uvas de playa y los almendrones locos que corrían tras las huellas que dejaban los pies desnudos de los aborígenes.

 

INOCENTE DE LOS BESTIARIOS

Estos poemas editados por la Fundación Esta Tierra de Gracia son publicados por una infortunada decisión de la propia voluntad del autor, lo cual es injusto, pero no merece otra explicación que la que pertenece sólo al orden de los sucesos cotidianos. Pero es verdad que todo lo que disponemos, así sea por obra del azar, nos comunica inmediatamente con un mundo de representaciones íntimas, que estarán siempre por allí, en el mero encantamiento donde todo es posible, aún el doloroso espejo de la muerte. Luis Camilo Guevara dedica, pues, estos escritos a una pintora ya desaparecida, quien de manera fulgurante hizo realidad la aparición de estos seres que, en un tiempo lejano fueron y son las figuras mas deslumbrantes del universo deltano, de donde es, por siempre, y para siempre el poeta. Es un homenaje doble, puesto que también el nombre de Mario Abreu, acompaña la intimidad de estos papeles. Luis Camilo Guevara de antepasados, lejanos y próximos, margariteños. Ejerció, durante muchos años, una errancia consecutiva por sitios de su especial predilección: Las Bibliotecas de sus amigos, y los documentos ocultos y misteriosos sobre animales y plantas. Antes y después: disfruta del placer de buscar un encuentro que le depare el hallazgo impactante, el deslumbramiento, o como tantas veces le sucede: nada. Sufre de los nervios. Y es asceta y sensual. Ha publicado: Festejos y sacrificios (Premio de poesía Alarico Gómez, 1969), de Ciudad Bolívar. Las cartas del verano (Premio Bienal Pocaterra 1971), de Valencia. Travesol, Editorial La Draga y el Dragón, 1986. Tiene absolutamente concluidos los siguientes libros: Vestigios rurales, Devociones, y un largo y memorioso relato cuyo título definitivo es Aún no se hace firme. Por ahora se le distingue así: La noche y el miedo. Entre sus amigos se habla de una novela sobre el Fausto.

 

MOROCOTO EL PESCADO MÁS SABROSO DE RÍO COCIDO POR LUIS CAMILO GUEVARA SEGÚN UNA ANTIGUA RECETA ENCONTRADA EN UNO DE LOS CAMAROTES DE LA MANO DE DIOS

La Mano de Dios, una legendaria Goleta capitaneada por quien fuera Ramón Guevara, sirvió en múltiples ocasiones para grandes festejos del buen comer; en efecto, cuéntase que una de las exquisiteces favoritas de los invitados y tripulantes de la famosa nave era la preparación y el ritual que se celebraba en la cocción del morocoto.

Como se sabe, este pez constituye la pieza más preciada de los ríos venezolanos. Desde el descubrimiento, se viene comentando de la sabrosura y del poder afrodisíaco que proporciona al paladeo y el regusto de este delicioso y enervante espécimen de las aguas dulces. Su exacerbada potencialidad erótica es tan re fálica según el mito y la pasión guaraúna, dopo de los FESTEJOS Y SACRIFICIOS:

Comienza esta ronda al revés
Los sitiados aparejan cadáveres o lunas remotas
aspas coches filtros de amor
juegan a todo por derechos adquiridos
mutilan cuanto fue creado en nombre del sosiego y
parten para no regresar
y de pie son los mismos huesos sobre todo evento

Apenas ya sé del amigo. Luis Camilo Guevara se refugia con el texto anterior en una extraña y lejana nostalgia paradisíaca. Ha soñado con sus montes, con sus pájaros, es la misma pandilla, y el mismo amor.

Sucede que no somos pájaros y volamos, que no somos rayas y recordamos. Al principio, una ciudad estaba aquí. Nosotros veníamos de afuera. Cada cual de muy lejos. Esta ciudad conservaba aún los rasgos del cacao y del café, es decir, cierto olor de hacienda y de una manera de ser. Éramos tímidos, casi ni hablábamos, y cuando nos mirábamos a los ojos nos sorprendía el encuentro: Pepe, atolondrado conquistaba a las muchachas en flor, con su cara de romántico decadente; Caupolicán, ¡Siempre Caupolicán!, Haciéndose el loco y contándonos sus aventuras de Praga, de Salamanca la Vieja.

Carlos Noguera, confundido entre laberintos, sillas turcas, y siempre con el aquí y ahora, contemplativo, audaz, peleándose hasta con los recuerdos de El Gato Pescador.

Baica Dávalos, traficante de joyas y esmeraldas, contrabandista de sueños, y más sueños, sonsacando a Salta como un malabarista arrepentido, y entonces viene también Carlos Rocha y se aparece todo vestido de negro, muy arregladito él, sonámbulo con los Pitagóricos, yéndose entre esas tribus que nos lo arrebata de aquí sobre la misma tierra. Y dulce, muy dulce Irma Salas atraviesa el salón principal y oferente casi mística salvaje, salta entre los peñascos de Mérida y retumba como un trueno en San Antonio. Y el Pedro Parayma trotamundo sobre esas calles de Cartagena de Indias, buscando un no sé qué de la melancolía, antes del amanecer con su otra máscara profesional y todo. Y el Pancho Massiani que, sobre el césped del San Ignacio de Loyola, drible como un mismo demonio al fabulador de Marcelino Madriz, y los dos, dando tumbos y tumbos van otra vez al amanecer.

La nave NAOS, La Mano de Dios, continúa su rumbo. Los marineros y su Capitán hacen hurras alrededor de unas cuantas botellas de ron, cantando aquellas coplas:

…Si la mar fuera de vino
un jalón casi me diera
porque bailar en cubierta
de noche y de noche fresca
es asunto de marino
que se da a la borrachera…

Y al terminarse esta jornada de cantos, todos los viajeros se preparan al buen yantar: ahí está el pescado sobre una tabla de madera. Tengamos un poco de impaciencia y veamos qué fue hecho antes para conseguir esta

Preparación:

El morocoto, de regular tamaño, se abre y se limpia, y por fuera se cepilla para quitar las escamas con el cuidado de no hacerle tajos al cuerpo entero del pescado. (el lavado debe hacerse con mucho limón, con mucha paciencia, con mucho aturdimiento)

Para hacer el relleno del morocoto debe cocinarse durante 63 minutos, a un fuego templado de tormenta, la misma tempestad con la que Júpiter en la gruta del Monte Argeo, en Capadocia, recibía de unas palomas el Néctar y la Ambrosía, y de unas abejas la miel para su apetitoso paladar.

Este morocoto puede ser servido con un acompañamiento de estirpe indígena:

Bola de plátano verde, con pintón.

Y a su gusto, el que solicite un deseo al Chaman de la Tribu más cercana, puede aspirar a su pedazo de casabe.

No olvidar la gota de picante, por aquello de que a un buen gusto… una buena gota…

El barco La Mano de Dios, regresa a puerto, ya los viajeros han disfrutado del morocoto y del viaje.

Miyó Vestrini, argumenta que la receta del morocoto no es de origen guaraúno sino que viene desde los tiempos inmemoriales del primer Cartujo que llegó a la Luna. Dicho que sigue en polémica.

Desde la proa enhiesta del bajel, el marinero mayor Carlos Contramaestre, aturdido por el oleaje, grita:

¡Tierra!…¡Tierra!

MAGO, DEVUELVE   Luis Camilo Guevara

Oye tú, Mago, las felicidades y las desdichas
son como un alboroto dentro del corazón
y cuando se hacen muy largas y muy cortas

ya no parecen sino pencas embrujadas
que se atraviesan a uno en los trovares del alma.

¿No ves
que estamos fallando y ya uno de nosotros
(el más nosotros)
anda extraviado
entre las malezas picoteadas de abril?

Resucítalo tú, en los celajes con tronos de lechuzas,
en los bejucales encendidos por donde pasa el río
de los amores de siempre.

Resucítalo, ahora,
cuando oficias en medio del asombro:
entre mujeres aladas, hechizos, pájaros realengos,
cuando estamos tocándote y esa gracia nos abre el cielo
de par en par.

REVERSO DE UNA NAVIDAD LEJANA / Luis Camilo Guevara

 

Déjame coger vuelo. Los muchachos del Chicken Bar se han ido convirtiendo en pequeños dioses, laberintos, pájaros y sedosas pieles de asombro. Estoy esperando aquí un pedazo de la otra estación que se nos ha ido olvidando, así, entre las manos, parecido a la carta de amor escondida ya en el curso de los caños, un poco más adentro de Tucupita, que es como decir lo que nos importa y se nos hace presente como para hacer este pequeño ejercicio de amor y de nostalgias.

Pepe entra todo echado a perder y se vuelve genial cuando dice: -Todos han muerto, sólo me queda una traza de hormigón y ternura- Entonces da vueltas alrededor de la mesa y se dispara para que Carlos Noguera empiece a convencernos con el viaje a Chile, y que andemos volando por la Transandina hechos polvo, miserias, grandes soñadores.

La Gran Torta Negra de la Selva parece vuelta añicos en las pequeñas manos de Irma, y no nos contentábamos de la tardanza de Adriano porque andaba trajinando en sus deberes universitarios. La oleada del comedor hacía que las lisas corrieran borboteantes por las estanterías, por las alacenas, por la caja registradora, por el pelo almibarado de Loly, quien reñía con Baica y Pancho por las supuestas cuentas del mes pasado y las de ahora. Yo veía a través del vidrio, del espantoso vidrio que daba hacia la realidad, las siluetas jadeantes de los transeúntes que parecían esquivarnos a punta del sólido prestigio que teníamos como clientes de este ubicable y entrañable recinto. 24 años metidos en el Chicken Bar no nos impide haber conocido los otros montajes del país nuestro, por cierto muy diferente de los llamados países hermanos… ¿Ah? Federico Cortés me había confesado que posiblemente esta noche celebraríamos el premio de Francisco Pérez Perdomo, yo estaba un poco confundido ya que David Alizo no me había advertido sobre la prolongación de estos posibles festejos, pero, al fin y al cabo, David era y es mi amigo y todo no podía ser más que un pequeño olvido del novelista.

En la puerta de entrada, el grupo de las Grandes Damas pretendían querer llevarse todos los pollos colgando como grandes aves sangrantes. Stefania venía volando entre las fantásticas noches de todos los diciembres del mundo. En todo caso, yo soy el último de los mohicanos pues me he pasado la vida queriendo a mis amigos, de verdad, tal como se lo decía a Miyó, a Mary, a Mariana, en fin…  a todos las mujeres que saben a gloria y siglos… Estaba, pues, comenzando el 24 de diciembre de 196 y tantos… y en la librería Suma -según escucho por algunas voces que vienen de cercanas al lugar donde me encuentro: por ahí andaba el Mago Mario Abreu abriendo paraguas, mientras la lluvia se vuelve casi una lánguida y terrible sospecha; andaba el Chino Hung, Manuel Quintana Castillo y Gabriel Morera; por ahí andaba Ramiro Najul con su gran dibujo del Padre de la Patria; andaba Caupolicán medio sonreído medio en serio, por ahí andaba Raúl, Marcelino Madrid, por ahí andaba Salvador y la Negra, Ángel Eduardo. Y el Carlos Contramaestre venía de Los Andes, y el Moro Luis Alberto de Carora y París, y Sonia y el Catire Carballo de Valencia. Nuestros siquiatras particulares se hacen presentes: Rui y Manuel Matute, hacen profundas y dolorosas reflexiones. Es tiempo de guerra, de adioses y de encuentros en el cielo con Alberto Brand. Eran otros tiempos (los tiempos del futuro, por supuesto)… Por ahí andaba Cristina, irónica y su sensible percepción sobre los monstruos de la literatura… Bien, Cristina, estamos de acuerdo. Y Jorge ¿dónde anda?: En su potente máquina se mueve rápido, valiente, lleno de vida. Y Argenis, también, con sus poemas anda volando. Estoy sentado en una piedra, en medio del río, casi sin amigos, con mis padres y mis hermanos, y esa familia del Chicken que siempre andará conmigo hasta que desaparezca el último astro. Con Pedro Elías y Héctor hemos ido y vuelto de la Aurora. Esa es la primera idea que tengo del Paraíso. Siempre Tucupita, así será, siempre.

Loly insiste. Pancho y Baica no hacen más que prometerle, sin vernos, que no se irán del Chicken, nunca, nosotros en nuestro fuero íntimo -como dicen algunos- tampoco nos iríamos nunca. No entiendo la forma cómo vamos encontrándonos o alejándonos a lo largo del camino, pero es fantástico saber que somos móviles.. ¿Ah? La vez que Antonio Gómez me dijo: te llevo a tu casa, hermano, no me expliqué el motivo de tanto desasosiego en él, él que todo lo hacía posible de verdad. ¿Por qué tanta bulla en la escalera? ?Quién fue el caído?.. El que fue se desprendió y lo andaba buscando todavía. No creo que haya sido Ismael, ni Rafael, ni Ramón, ni Juan, en fin, ninguno de nosotros, el culpable de tanta monstruosa memoria.

Oye bien Chino, la de esta noche es, casi no quiero decirlo, una ventana del miedo a la ciudad que corre como un río y se le olvida hasta el pequeño o gran hueco que fuimos, somos, seremos… En el recuerdo del bar, de nuestros amores, de nuestros sueños, un recuerdo que jamás dejará de ser. El recuerdo de Orlando y José Lira Sosa. Ahora, Graciela, esta foto de Villa Borghese, es para ti, únicamente para ti, que nunca cesó de latir en el pleno corazón de esta Sabana Grande multi apátrida. Es para ti, sabes?… He temido la Navidad Lejana. Todos los días, comienza una roca distinta: la de esta vez no fue más que un simple soplo de vida que nunca se acaba.

Hasta luego, Pedro Parayma, Luis Cornejo, Ely Galindo, William Osuna. Está a punto de comenzar y concluir este otro tiempo de diciembre. El Catire poco envejece y eso descubre que el tiempo es poco perdurable. Los rolexs fueron quemados en la hoguera, se pudrieron de tanto pavor que tenían en sus propias cuerdas, pero el Catire sigue allí: creyendo, dudando, haciendo de las suyas, pues es mucho decir.

Hasta luego, Chicken, nos volvemos a ver!.

VICTOR VALERA MORA TOCADO POR EL DESAMPARO

Luis Camilo Guevara

A mediados de los años cincuenta llegó, adolescente aún, de San Juan de Los Morros. Venía dispuesto para conquistarlo todo a fuerza de canciones, amistad y poesía. Me habló entonces de un muchacho como él que también iba al descampado: Ángel Eduardo Acevedo. Los tres recorrimos muchas veces los bares y las calles de una Caracas estremecida por los desafueros. Poco a poco, fuimos perteneciendo a una generación tocada por el desamparo. El Chino se hizo fuerte y vivió con supremo coraje. Desde allí comenzó su historia de poeta insobornable. Ahora, en este momento, no siento rabia ni dolor. Solamente una terrible sospecha: no hablará más el terco y arbitrario aliado de los desposeídos. Esta pérdida, demasiado grande en la poesía latinoamericana, nos estremece en lo venezolano. Su testamento humano será irrebatible. A sus amigos, eso nos basta, aunque no nos demos cuenta del largo tiempo que hemos vivido.

ANA ENRIQUETA TERÁN Luis Camilo Guevara

 

Para Ana Enriqueta Terán o para su propia arboladura de niña, estos son los secretos que todo el mundo trata de descubrir para seguir amando el misterio y el perfume de la tierra mojada. Ella debe sufrir el sortilegio de la serpiente enroscada al cuello, cruzando un rostro en vigilia, cabalgando al compás de un sitio donde la brisa no cuaja. Es parte de su silencio, lo que nos acompaña por el mundo de los espíritus, del alma, tal como si dijéramos: Ella es la culpable, pero sí la tentación.

Cuando esta brisa trate de escapar, de meterse por los resquicios más íntimos e insufribles, nos sometemos al rigor del cuarto, a la escafandra todopoderosa del amor, allí, en ese sitio, la isla es igual a la muchedumbre, al espanto de verse uno mismo como si fuera la primera ocasión del pudor. Ana Enriqueta, no descansa; si ahora la vemos con su palabrería recatada, casi que no le gustaría que mencionáramos palabra, un asunto casi tocando las entrañas del mundo, donde no se sosiega a nadie, donde el horizonte posible es la piel y cuya continuación seguirá siendo la piel, en los sonoros ojos, en los pliegues imborrables de ese verbo íntimo sometido al vasallaje de un espléndido manantial inagotable.

¿Forma o sentido del tiempo? ¿Festejo o gracia del fracaso?.

Ella es su infinita esencia, lo que se diga de su copa de vino, lo que se presiente de su fuerza humana, no es sino el espacio donde casi vivimos cotidiana y fervorosamente.

 

 Ana Enriqueta Terán

 

COSMOS TEOLOGÍA SOBRE MARIO ABREU Luis Camilo Guevara

Comienza a revelarse, un poco de manera subversiva, la presencia de un pintor latinoamericano como Mario Abreu. Un artista que rebasa todo encasillamiento oficiales (co) o perteneciente a cualquiera otra ralea de la misma especie. La fuerza de su pintura, de su profunda sensibilidad hemisférica, de su ingenio para detectar donde estaba el punto de interés, es más que sabia, una señal imperecedera del arte de estas regiones.

Cuando nos referimos al entorno de su hechicería, es decir, de esa savia que nutre cada una de las vertientes imaginarias del artista latinoamericano, casi nos damos cuenta de la poca profundidad con la cual los críticos regionales han valorado la maestría de este mago de la cotidianidad y del humor propio.

La presencia de Mario Abreu significa conjugar un poco la sabia posesión de los secretos que él sabía extraer de cada uno de los elementos que nos son substanciales y definitivos. Entre esos terrestres alimentos tendríamos que calificar la variedad abundante de estos dibujos, que refieren a una dimensión muy primaria, pero muy sustantiva al mismo tiempo de los motivos que inspiraron una obra forjada al calor de una pasión humana desbordante.

Aquí están las imágenes, los diseños, la innúmera entrega de un artista que no solamente provoca al espectador, sino que lo alimenta de una manera casi arbitraria pero inteligente, con aquellos asuntos, que son propios de una sensibilidad exaltada hasta su máximo esplendor.

Con Mario Abreu estamos entregando un poco de la historia del continente, que es como decir un poco de la historia de cada uno de los muestrarios que aquí estamos nombrando con cierta fruición de Gourmet exigente; así están a la orden del día estas Especias del paraíso: EL CANTAR DE LAS PAVAS, LAS AVES, GALLOS, GALLINAS, POLLAS Y POLLOS, PATAS Y PATOS.

Entre el deleite que nos causan la maestría de un pintor auténticamente americano y las referencias que hemos escogido para cimentar este libro, optamos por dejar al lector las posibilidades de inventar cada quien su propia mitología.

 

Mario Abreu

 

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