[15] María BARANDA

 María BARANDA

MARÍA BARANDA
EL OJO QUE VIVE Y VE
Enrique Hernández-D’Jesús

Para Andre Bretón la palabra era la pasión, el lenguaje, el poder de la revelación, el estado más noble de la pureza, de lo que él llamó la pureza salvaje, la recreación del mundo y de las formas, un golpe de dados para otro francés, un leve movimiento de las hojas y el centelleo de la montaña. En lo poético es hablar con la mirada, es mirar con la voz, encontrar la belleza en la soledad y dar vueltas como el gran caracol sumergido en los sentimientos, siempre creadores. María Baranda es ese estallido, esa voz celebratoria de la palabra. Su poesía posee, evoca, canta, reza, suspira, vive, al mismo tiempo reposa con esa música que despierta las distintas geografías, los distintos movimientos de lo sentido en carne propia. Estoy también, con la poeta, en la montaña en que Dylan  celebraba su cumpleaños, estamos en el tiempo real de la palabra hablada, volcada,  enamorada, vacilante. Depositaria del hombre en su sustancia primaria. Así descubro los versos de María Baranda. Sus caligrafías sumergidas en los campos donde una niña visita las rosas. El diálogo con el espejo, moradas imposibles, cruce de la mariposa marina en el asombro. La poeta crea la unidad. Más bien, vence los espacios con la palabra, las palabras vivas en la mesa de disección, con el cuerpo de la mujer, siempre en el milagro del estado armónico del festín, de la comunión de los contrarios, desnuda, es una metáfora en la ceremonia del poetizar. “Y en una mesa de mantel de lluvia / soy el eterno alarido del ahogado”. La poeta habla, propone la eternidad, la alteración del tiempo, la orfandad, la inocencia atada en la realidad y el espacio. Así como Baudelaire se planteó la belleza horrible, así configura el sacrificio en la imagen luego de la batalla, literalmente: realidad y eucaristía, piedra cambiante en el mismo río, en la naturaleza equilibrada del tatuaje, en el precipicio, en el abismo constante. En este cruce de vida y muerte, en esta representación frente al lenguaje María crea su espíritu, su lógica, la ceremonia, víctima al hablar del silencio en la vastedad de las imágenes.  Poemas largos que fascinan por su visión, develándonos distancia, concreción en el naufragio, sombras en el árbol de las ardillas. Su oferta poética es contenida. Crece en los blancos espacios, en lo profundo inserta el verso en el papel. Sus pasos encuentran las palabras del principio: “como la sed de la memoria” Rompiendo las amarras, en el canto de los muertos. Conviviendo en las Pirámides al soplo de las sibilas: “Calígrafo por mí aquí en mi adentro, / yo te celebraré en el mercado salobre de mi lengua.” Su lengua eterna, visionaria, envolvente, encarnando la búsqueda que inician los alquimistas. Los poseedores del pensamiento sólido, entre lo visible y el fulgor, entre la luz y la espesura de la expresión, a altas temperaturas, crecientes en el verso resplandeciente. Tiene el ojo del ruiseñor, el pudor de la oscuridad, los sentidos de lo inesperado:

Todo en mí avanza y se detiene
y todo por entero desciende en un relincho:
lo que no fui lo que no soy,
lo que me nubla y me desaparece, animal
que lame al animal de la doliente…

 

 

El animal de costumbre de Juan Sánchez Peláez, lo esencial, palabras sencillas, igual a los diálogos que nos enseñaron los poetas Náhuatl, el habla de ricas sonoridades, lo intenso, la memoria, el camino a la inmensidad del bosque y de los ríos.

En otro de los nuestros Ramón Palomares el animal es un ser de poderes luminosos, un canto, palabras escritas en la niebla, voz más sencilla siendo esencia popular, como nos lo descubrió Juan Rulfo, es lo esencial, hasta llegar a la memoria de los hospitales, del viajero incansable, donde la revelación anuncia ese paso del Gaviero, María es la fuerza, el engolosamiento de imágenes y, sobre todo, la música. Es una golosa de la vida y de la poesía, y no puede parar, y hasta altas horas, esas horas en que le golpean los relámpagos y, literalmente, caen cerca de su casa, donde sigue bebiéndose todo el Nilo y la infancia de este niño absorto en sí mismo del que habló Gastón Baquero, la poeta queda sin respiración. Y así, con el aire que apenas alcanza en la arbitraria vida, aparecen las luces de la oscura calle que transitamos. Fuego de la ternura, ocaso de los penitentes, caminos con miles de redes, infinitos soles, lunas y aguafuertes, es la lluvia ensimismada, en la primera huella del amor, detenida en signos, gestos, deseos, ganas, padecimientos. Todo o nada, todo y todo en abrazos, sufrimientos, desproporciones, líneas, veredas, la ternura que se tiene para el otro, para encantar almas, vivir el amor del otro, de ese otro que se enciende en la inmensidad y paciente vislumbra, atornilla, escapa con la palabra y desciende por las aguas de las montañas, en la mejilla de la poeta primaveral, de la encantada. Es la palabra, es absorber la palabra, los sentimientos, crear en la palabra la poética del ser, la razón del absurdo, las calles de bondades, desconchadas. Si no hay bondad en la palabra, no hay bondad en la poesía.

Octavio Paz hablaba del regreso a sí mismo, sin el ego ni la conciencia personal. María multiplica su presencia y va en la búsqueda del origen, su alteración devora los sentidos, el tiempo, dándole formas a los espejos, fragmentándolos, atándolos a la realidad donde el poeta vence la oscuridad, con las palabras de la vida, en el gran festín de la mujer de Novalis. Comunión con lo que vive y ve.

 

Moradas imposibles 

(1998)

Qué es eso Dios
de ser loado con toda la tristeza,
si no es  amor
al menos la fascinación
de ser un cuerpo ensangrentado.
Qué es eso 
de ser por siempre nazareno
en ese huerto de pájaros         
enfurecidos que devoran
tus párpados al aire pálido.
Y qué de la misericordia
de la flor con ese cáliz 
de cristal que lanza
telarañas por tu cuerpo.
Todo tú con tu delirio en llamas
ardiente como un tritón
ante el anzuelo. Cuántos
suspiros brotaron de la tierra
para decir que tú venías a palpitar
cercando templos y mercados
con tu fuerza labrada
en la saliva de los mataderos.
Cuántas veces  por qué
gritaste entre las nubes
«¡Atrévanse!», y solo,
centímetro a centímetro,
tuviste miedo. Y yo  me alzaba
al aire y te aguardaba
en este génesis de humo
como hace tantos años
te veía con tu corona
ardiente de víboras y víboras
llorando bajo los rayos del relámpago.
Tu sombra era la bruma de mi piel,
la profecía metálica del alba. Y tú
sangrabas ebrio
como una hoja seca y te caías,
lento, a medio enloquecer.
Ampárame Señor en tu alambrada
y súbete conmigo hacia el vacío.
Recuerda que ya viejos
apestamos y que ciegos
somos ángeles nocturnos
para velar el sueño
de los hijos
y los hijos
que amanecen
por nosotros
muertos.    (para Álvaro Mutis)

 

En los pistilos

 De luz te vi nacer donde la estirpe
de un sol de sangre entre las nubes
límpido alumbra la voz de las raíces.
Si entro en tu sueño me despierto,
amanecen las sombras por tu alcoba,
en tu nombre se enciende verde el mundo
donde estallan luciérnagas de lumbre.
Desde lo alto de ti en un acorde me bendices
y con el barro de tu boca formas
un pedazo de mí como tu historia propia.
Calla por ti el soplo lengua adentro,
la ronca voz donde maldices.
Tu piel en su ritmo me levanta
y en los cármenes te escucho pesumbroso
cómo devoras mi carne y mis fermentos.
Todo en mí avanza y se detiene
y todo por entero desciende en un relincho:
lo que no fui lo que no soy,
lo que me nubla y me desaparece, animal
que lame al animal de la doliente.

 

¿Qué la detiene en el mar?

Del aire es la quietud que tengo
para mirarte yo por esta mano
como si el mar fuera de ti
y tú de nadie fueras.
De ti supe lo que era ser
un solo golpe al viento,
oscura voz sutil ante la gracia,
frágil en la espesura de una selva.
Corrí entonces caimán para encontrarte
al alba en el exilio de un insecto.
Del agua me enseñaste aquel milagro
donde gemir a plena niebla
era vivir la noche entera.
Aún recuerdo el río
de las naranjas y los loros
que chillaban anunciando
tu primer deslumbramiento.
Al paso entonces galopabas
refrescándote
en el arrullo de las vacas.
Eras el corazón de un niño contra el viento.
Y a la caída de las hojas,
de campánulas y siemprevivas, inmóvil
bajo el sable de los truenos,
trazaste la estela de un mandato
con el fervor apenas contenido
y la reverencia ante el paraje
de un hechizo. Y ante las gárgolas
del alba mirabas a lo lejos
un cielo irresistible
para caer cuerpo a cuerpo
en los esteros, una isla
bajo el temblor de una centella
y aquel terrible adiós
en la genealogía de la yerba.

 

¿Qué la redime del tiempo y del vacío?

Saliste entonces de la noche
cuando del pan cortábamos el hambre,
cuando las frondas de la sangre
enloquecían el destino de los hombres.
Surgiste al viento y a las nubes
cuando el fulgor lanzaba hacia las rocas
el tiempo en que vegetan los insomnes,
cuando de boca en boca transparentes
los sueños crepitaban como un bálsamo
de sombras silabeando
los nombres de esa noche, el torrente
profundo del alumbre. Y luego de los cielos
bajaron pájaros, caballos ciegos, y tú,
cautiva en el acierto
de dar un paso en el comienzo
te fuiste en la premisa
de ser una en el mundo y silenciosa
junto a la sed del sol
por una página de vidrio,
un solo espejo, donde miramos
todos muriéndonos de asombro.

Las bodas de las flores se dan sobre el estigma.
El polen se desprende al comenzar la aurora
y en un solo momento la vida se redime
y entonces se retira.

La santa en penitencia grita
que pueda ser de fuerza su grandeza, bailando
en este reino sin escrúpulos. Teresa
es soberana en su magnificencia y con su voz
de pájaro en su preñez avisa: «Escribo
abierta, volando y con jacintos
de golpe me doy cuenta
que estoy viva.» Y de misterios tantos
se tiñó su lengua, su resplandor
fue aquel fecundo encuadre
con sus trenzas, sus mejillas ardiendo
en jeroglíficos y en éxtasis
los ángeles agradecidos
lamieron el temor en su flaqueza.
«Señor, lo que pasó
pasó, ahora muéveme hacia el gozo
y con tus alas determina quién
ser  por mí aquel letrado único
de corazón ensimismado
que de provecho diga
en oratorio: Perra,
hagamos juntos este mundo.»

¿Qué sombra la rehúye como a una reina aciaga
y sin mitología y la sumerge en lo que
escribe el día?

Hija eres de la mar en tu tercera
sílaba varada. Profética y hermosa
con tu lanza y un querubín
llevándote entre nubes infinita
en la distancia. Casta tú
la de los ojos en ascenso, lloraste
sigilosa bajo el palo
de la cruz que venerabas, riendo
hacia la luna airosa con tu alta
cabellera desatada. Azul
era el rumor en fuga
de rostros y viejas alimañas,
cuando los animales
celebraron sus bodas con tu manto
de virgen desbocada, piel adentro
en los vitrales que ahora,
por la noche, te desangran. Vestida
a pie de guerra, en ese regimiento
en que enlazas, corriste
como loca venturosa, iluminando
en sacrificio la carne áurea
de todas las miradas. Ser
que ya llegaste o todo
siempre es lejos y fluye
en la distancia.

 

En la corola

Del cielo los vapores tus raíces.
Del aire y de las aguas tu mirada,
floreces por la lluvia como un loto
al mar de ola en ola te desprendes.
Ardes en la lengua a los favores
de un niño que es hermoso por difunto.
Avanzas  hacia él entre las llamas
de un sol sobre su cuerpo donde emerges
frondoso tú de él en un abrazo
al vuelo de los siglos sigilosos.
Dios, le dices, bebe luz al aire
por los bordes del néctar
perfumado en los trapiches.

¿Qué jeroglífico descifra
en su prodigio soberana
y la borra del sueño y del olvido?

Si renacieras tú de mí
entre mis manos, bajo una nube
de moscas noche a noche,
en silencio pudiera ser por ti
la vieja impúdica cayéndose de bruces,
la pública bajo su falda que tus pies
te lava. Si penitente así, de costa
a costa apareciera
bajo la túnica, relámpago
del miedo que te llama. Si me llamaras
mirando lo que miro: las víboras
que brotan de tu palma  y que un
templo son donde tú gritas
visible e invisible en prados
que lamen alabanzas, entonces
volviera yo a ti siendo ceniza
y fuera un río de sangre, un lúgubre
Jordán pintarrajeado, huyendo
yo por ti en esas aguas, anfibia
en la piedad te mostraría
aquella red que cada vez,
mas en silencio, te arrojara.

Con solo dos o tres estambres revientan
las flores masculinas. Ascienden desde el fondo
de sí mismas candentes y jugosas. A mano suelta
se revuelcan, se crían bajo este cielo a medias
entre luz y sombra. Afónicas marchitan y lentas
agonizan.

Hubiera yo veloz por él el mundo
recorrido en velocípedo. Habría yo
cruzado hasta la época
clásica en fulgor y extraordinaria
sobre todo en el periodo del eclipse
cuando el mundo se fundó en una Acrópolis.
Habría yo ido hasta la estela inaugurada
en su rigor y fundamento y visto azul
aquella dulce cortesana
que en cuadrángulo esculpida
profusamente en su dintel
lo aguarda. Habría yo estado
en una ciudad de oro o de marfil
en armonía trazada con piedra
de caliza y un tablero mural
de proporciones máximas,
piramidal, arquitectónica por él,
enfática y cautiva entre las rocas
de cantera gigantescas. De Oriente
a Occidente en velocípedo habría
yo ido hasta ese territorio de aves
y serpientes, por edificios y santuarios,
por puertas interiores y gradas ordinarias,
buscándolo geométrico, animal
que embellece las fachadas.
Hubiera yo por él
naturalista ido periférica
en ese siglo atestiguando
el Nuevo Mundo entre dos ruedas,
que no al hablar sino al rodar
en sus cadenas, me conducen
venidera en el aliento
de un epopeya
que él, con todo atrevimiento,
aguarda.

¿Qué incendia su palabra y la ilumina
en la forma más nítida del alma?

Zumba la charla de los insectos.
Rudos guerreros de alto prestigio
bendicen en un relámpago
el vértigo de su imperio.
Aquí la cal, el salitre y el cobre,
y bajo un cielo líquido
el ofrecimiento de la nube que huye
como una diosa aérea, veloz
en la adivinación de los espejos.
Una hilera de huellas marcaba
el camino del rayo. Y en los montes
la estrella del oro gritaba
tiránica arrastrando visiones de polvo:
saurios en las rocas del alba,
víboras lamiendo la diáspora, ángeles
y más ángeles a la entrada del mundo

 

En el estigma

Una espada de luz lo que maldices.
Chacales te rodean al alba
para invocar tu carne que humedece.
En huertos de presagios te desgajas, tu voz
se escucha al fuego alucinada
quemando el tiempo que deserta en el delirio.
Anduve tras de ti enloquecida
donde florecen yerbas santas.
Por ti la perra del Señor retumba
por el monte, se encorva al aire
y se revuelca.

Las flores viejas reciben  de las jóvenes
el polen de la aurora, como la sed
que se desprende de la primera lluvia.

Yo no pretendo por ti ser otra cosa
que la nube fecunda de esta cópula
el vértigo sagrado en que me miras
mirarte desde aquí como una loba.
No puedo dar licencia a mis demonios
que en plena voluntad son mi fragancia
de ser uno en el otro siendo oscuros
en la culpa divina de este desposorio.
Acércame hacia ti con sutileza
y déjame a la sombra de este mundo
que todo ya por ti se paraliza
y en pensamiento principio y fin
se vuelven polvo. Que la sangre
de mi cuerpo sea tu sangre, y el aire
de mi aire sea tu soplo. Te quiero
a ti sangrientamente así tan lúcido
por donde salen y entran las luciérnagas
volando como locas vaporosas
en el arrobamiento de ser favorecida
gozándome en esto que yo soy
siendo bendita: hambre
en el hambre en cumplimiento
de ser sólo una bestia
de paso por el mundo.

 

 

 

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